Texto Charla De Carlos Taibo de las jornadas naturalistas : Por la autoorganización, la autogestión y la autonomía

Por la autoorganización, la autogestión y la autonomía

Carlos Taibo

Quienes creemos en la autoorganización, la autogestión y la autonomía también hemos vivido, los últimos años, nuestra propia burbuja. Esta última ha sido el producto de tres grandes factores. El primero lo ha configurado nuestra percepción de la crisis sin fondo que ha afectado y afecta a las dos grandes cosmovisiones que han marcado poderosamente el derrotero de las izquierdas del siglo XX. Mientras, por un lado, la socialdemocracia, que en el mejor de los casos –subrayo: en el mejor de los casos- aspiraba a gestionar civilizadamente el capitalismo, ha acabado diluida en este último, no sin aceptar muchos trabajos sucios, el leninismo, por el otro, imbuido de la pretensión de disponer de una ciencia social que otorga certezas y debe ser, entonces, gestionada por una vanguardia iluminada ha dejado bien a las claras hasta dónde llegaba su aliento en la forma de lo que en los hechos no fueron sino capitalismos burocráticos de cuartel. Entiéndase bien: no se trata de negar las crisis, evidentísimas, de la socialdemocracia y del leninismo. De lo que se trata es de reconocer que en el mundo que aquí nos interesa, el de la autoorganización, la autogestión y la autonomía, provocaron una oleada de optimismo que, fuera de lugar, se materializaba en la idea de que los desastres padecidos por los demás facilitaban una tarea que estaba, y fácilmente, a nuestro alcance. Con toda evidencia no ha sido así.

Si esa primera fuente de nuestra burbuja –la mencionada- tenía un carácter planetario, las otros dos han remitido, antes bien, a circunstancias mucho más próximas. Una de ellas la ha aportado una visible sobrevaloración de lo que significa entre nosotros el sindicalismo libertario. Aunque en términos comparativos el anarcosindicalismo que pervive a nuestro alrededor, con diferentes manifestaciones, es notablemente más fuerte que el que se registra en otros escenarios, las cifras de afiliación resultantes han hecho olvidar la precariedad final de un movimiento al cabo débil, al que a menudo ha faltado implicación en muchas luchas y con frecuencia carente de una perspectiva general que, más allá de la teoría, supere con ventaja el escenario marcado por el salario y el empleo. Si se trata de decirlo de otra manera, pareciera como si algunos de los vicios del sindicalismo mayoritario hubiesen alcanzado al propio sindicalismo libertario, incapaz de construir un mundo paralelo enfrentado al que perfilan los sistemas que padecemos.

La segunda circunstancia de relieve de entre las próximas, y la tercera explicación de nuestra burbuja, la ha configurado el movimiento del 15 de mayo. Aunque es innegable que en muchas –no en todas, claro- de las manifestaciones de éste se han revelado prácticas vinculadas con la asamblea, la autogestión, el cuestionamiento de las jerarquías y la construcción de espacios de autonomía, hemos interpretado con demasiada precipitación que todo lo anterior suponía una quiebra definitiva de la hegemonía de la izquierda que apostaba por las instituciones y las separaciones. Hoy sabemos que en ello había, de nuevo, mucho de ilusión óptica.

Ante un panorama como éste que, en lo que a nosotros respecta, está indeleblemente marcado por la burbuja referida, y a efectos de levantar un balance del escenario y de las tareas que tenemos por delante, bien podemos llamar la atención sobre siete aspectos importantes.

1. Pese a lo dicho, parece innegable que en los últimos años se ha registrado entre nosotros un auge notable de iniciativas libertarias, no siempre acompañado del auge paralelo de las organizaciones identitariamente anarquistas. En el uso que doy ahora a estos dos adjetivos debo aclarar que el primero designa la acción de gentes que, anarquistas o no, optan en su vida cotidiana por la autoorganización, la autogestión y la autonomía, en tanto el segundo remite a una opción ideológico-doctrinal precisa que, aunque estrechamente vinculada con esos principios, reclama en un grado u otro de un encuadramiento orgánico concreto y a menudo, no siempre, establece una distinción entre quienes se hallan inmersos en ese encuadramiento y quienes se encuentran al margen de él. Aunque de siempre he otorgado mucho mayor relieve al despliegue de iniciativas libertarias que al engrosamiento de las organizaciones anarquistas, me veo obligado a reconocer que lo cierto es que en un momento de anomia como éste en modo alguno está de más fortalecer las segundas, siempre y cuando semejante fortalecimiento acarree, claro, organizaciones abiertas y no dogmáticas que se propongan conseguir, precisamente, que las iniciativas libertarias proliferen.

2. Nunca se subrayará lo suficiente el relieve de un fenómeno singular: muchas de las personas que contestan agriamente las miserias que han rodeado a la transición española no cuestionan, en cambio, y en modo alguno, la formidable farsa que suponen las elecciones. En el mejor de los casos esas personas critican la condición injusta del sistema electoral en vigor, sin percatarse de para qué fueron perfiladas las elecciones que ese sistema regula: para sentar un orden político que permitiese apuntalar, a través de un sinfín de exclusiones, la lógica de un capitalismo que a todas luces se trataba de preservar (dicho sea entre paréntesis, no deja de sorprender, también, que muchos de los denostadores de la transición política española no parezcan entender lo que ésta ha significado en materia de ratificación de las esencias propias del nacionalismo de Estado y de rechazo expreso, a través de una Constitución configurada expresamente para ello, del principio de libre determinación).

A mi entender, frente a la farsa electoral lo más eficiente es replicar con las virtudes de la propuesta propia –la democracia y la acción directas, el apoyo mutuo, la autogestión–, de la mano de una suerte de versión contemporánea de lo que nuestros abuelos llamaban propaganda por el hecho. Esto al margen, lo que cabe exigir a quienes creen -de manera supersticiosa e ingenua unas veces, de forma interesada otras- que las elecciones proporcionan un camino para el cambio es su compromiso en la lucha cotidiana (un compromiso que, salta a la vista, tenemos que exigirnos también a nosotras mismas). Esa lucha tiene que revelar, antes o después, que la democracia liberal obedece al propósito expreso de ratificar un escenario lastrado por lacerantes desigualdades, que se asienta en mayorías interesada y artificialmente perfiladas, que permite que sean formidables corporaciones económico-financieras que operan en la trastienda las que dicten las reglas del juego y que, en fin, y cuando las cosas vienen mal dadas, no duda en hacer uso de la fuerza a través de la represión que conocemos en nuestras calles o de golpes de Estado en países del Sur que tienen la mala suerte de atesorar materias primas razonablemente golosas.

Frente a ello es difícil imaginar que la salida la aportan los activistas de facebook, esto es, las gentes cuya militancia se limita a pulsar el ‘me gusta’ o a apretar el ‘compartir’. El escenario que en tantos casos nos proponen las fuerzas emergentes no es otro, sin embargo, que el de militantes de base que, meros pegadores de carteles, confían ciegamente en que desde las instituciones, y sin otra exigencia que la de votar como es debido, se resuelvan mágica y convincentemente sus problemas. Salta a la vista que esto es un regalo inesperado que, por la vía de la desmovilización, se hace a la lógica del sistema. Pese a las apariencias que acompañan a cierta retórica mediática, ese regalo lo ha recibido el sistema como agua de mayo.

3. Cualquier proyecto de emancipación tiene que ser, inevitablemente, anticapitalista. Conviene subrayar el vigor de este adjetivo, que no es en modo alguno sinónimo de antineoliberal. Se puede cuestionar frontalmente el neoliberalismo por entender que es una versión extrema, e indeseable, del capitalismo, para al mismo tiempo aceptar, sin embargo, la lógica de fondo de este último, o, por el contrario, se puede -se debe- contestar por igual el neoliberalismo y el capitalismo. Las fuerzas de la izquierda que, entre nosotros, vive en las instituciones son comúnmente antineoliberales, pero no son, en cambio, anticapitalistas o lo son de manera meramente declaratoria y retórica.

A este respecto no puede dejar de sorprender, por cierto, el a menudo vacuo discurso de la casta o, al menos, las manifestaciones de ese discurso que no van acompañadas, y esto es lo más frecuente, de otros elementos. Lo suyo es recordar que muchos empresarios cuya opción es, consciente o inconscientemente, neoliberal rechazan agudamente lo que significa la casta, en la que poco más aprecian que un grupo humano pundonorosamente entregado a la recaudación de impuestos y a la corrupción. Al discurso de la casta hay que agregar otras dimensiones, y en lugar singular una: la que, a través de la dialéctica capital-trabajo, obliga a cuestionar la civilización capitalista como un todo. Aunque las clases y sus luchas han experimentado cambios importantes con el paso del tiempo, nada sería más inquietante que arrinconar definitivamente, como lo hacen muchos de los emisores del discurso de la casta, una lucha de clases que hoy encabezan obscenamente, desde arriba, el capital y sus sicarios.

4. Es urgente liberarse de la superstición que señala que el Estado es una institución que nos protege. Esa superstición han contribuido poderosamente a asentarla la socialdemocracia y el sindicalismo de pacto. Acaso la principal concreción del fenómeno que me ocupa la aportan los llamados Estados del bienestar (curioso término éste, que embellece gratuitamente, por cierto, la realidad correspondiente). No debe olvidarse en momento alguno que los Estados del bienestar son formas de organización económica y social propias, y exclusivas, del capitalismo –desconocidas fuera de éste-, que dificultan hasta extremos inimaginables el despliegue de fórmulas autogestionarias, que no han venido a liberar–como se anunciaba- a tantas mujeres, que tienen una más que equívoca condición ecológica -tanto más cuanto que vieron la luz en un momento, la era del petróleo barato, que con toda evidencia ha tocado a su fin- o que, en fin, no obedecen a ningún impulso de solidaridad para con los habitantes, explotados y preteridos, de los países del Sur. Ante semejante escenario se hace urgente etiquetar nuestra defensa de lo público y vincular éste expresamente con la socialización y la autogestión, o, lo que es lo mismo, alejarlo de su dimensión, que es la más habitual, estatal.

Las cosas como fueren, es urgente plantar cara a la pretensión de que en un momento como el presente nuestro mayor objetivo debe estribar en regresar a 2007, al momento anterior al del inicio de la crisis financiera. Al margen de que semejante horizonte es irrealizable, conviene que nos preguntemos por su utilidad para hacer frente a un capitalismo que, en crisis terminal, se aproxima a marchas forzadas al colapso. Al cortoplacismo de la apuesta correspondiente se suma la certificación de que las fuerzas políticas emergentes en los últimos tiempos, luego de muchas reflexiones, parecen haber encontrado la tabla de salvación, sorprendentemente, en la ya mencionada vulgata socialdemócrata…

5. Lo he señalado muchas veces cuando me he referido al movimiento del 15 de mayo: la lucha, indeclinable, por lo más inmediato no puede producirse a costa del abandono constante de lo que, siendo tan importante o más que lo inmediato, a menudo tendemos a dejar en segundo plano. Y ese algo que solemos marginar bien puede concretarse en tres grandes cuestiones. La primera afecta al escenario, invisible, que tienen que encarar, en todo el planeta, las mujeres, víctimas de una doble -o una triple- explotación y marginadas en todos los terrenos, tanto en el ámbito material como en el simbólico. La segunda remite a los derechos de las generaciones venideras, a las que llevamos camino de entregar un planeta a duras penas habitable, horizonte que están llamados a padecer también, por cierto, los integrantes de las demás especies que nos acompañan en la Tierra. La tercera da cuenta, en fin, de lo que ocurre en los países del Sur, no vaya a ser que acabemos por reconstruir nuestros maravillosos Estados del bienestar a costa de ratificar atávicas relaciones de explotación y de exclusión.

Si no somos capaces de situar esas tres perspectivas -estas tres luchas- en todo lo que hacemos, habrá que preguntarse si tiene sentido nuestra actividad o, lo que es lo mismo, si no seremos sospechosamente similares a aquellos de quienes tendemos a pensar, con argumentos aparentemente sólidos, que nos separan muchas cosas.

6. No somos muchos los que estamos firmemente convencidos de que el capitalismo se ha adentrado en una etapa de corrosión terminal traducida en un hecho importante: ha ido perdiendo, tan dramática como rápidamente, muchos de los mecanismos de freno que en el pasado le permitieron salvar la cara. El resultado principal es que el colapso del sistema se encuentra mucho más cerca de lo que una primera lectura invitaría a concluir.

La corrosión terminal y el colapso que acabo de referir se convierten en hechos vitales para explicar por qué es urgente que reaparezca con fuerza el proyecto de la autoorganización, de la autogestión y de la autonomía. Por decirlo en otros términos: si estas tres perspectivas emancipatorias disfrutaban por sí solas de activos suficientes, el escenario en el que nos adentramos hace que sean mucho más necesarias. Así las cosas, y poco importa el nombre que demos a las tareas pendientes, estamos en la obligación de trabajar por el decrecimiento, la desurbanización, la destecnologización, la despatriarcalización y la descomplejización de nuestras sociedades.

Hay que decrecer por cuanto vivimos en un planeta con recursos limitados y no parece que, en semejantes condiciones, tenga sentido la apuesta por un crecimiento ilimitado. Pero hay que hacerlo también por cuanto hemos dejado muy atrás las posibilidades medioambientales y de recursos que la Tierra nos ofrece. Esto al margen, estamos obligados, en nuestra lucha contra el capitalismo, a acrecentar nuestra a menudo alicaída vida social –que hemos dilapidado absorbidos como estamos por la lógica de la producción, del consumo y de la competitividad-; a apostar por formas de ocio creativo –frente al ocio mercantilizado que se nos ofrece por doquier-; a repartir el trabajo –una vieja demanda sindical que infelizmente fue muriendo con el paso del tiempo-, a reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte que empleamos; a recuperar la vida local en un escenario de reaparición de la autogestión y la democracia directa, y, en fin, a asumir un estilo de vida marcado por la sobriedad y la sencillez voluntarias. Cada vez parece más evidente, en segundo lugar, que el riesgo, inminente, de un colapso del sistema nos obliga a desurbanizar y a rerruralizar nuestras sociedades, esto es, a recuperar muchos de los elementos de sabiduría popular, y de autoorganización, que durante siglos han marcado la vida rural en clara confrontación con esos mastodontes inhabitables que son las ciudades. Hay que pelear, en tercer término, por destecnologizar nuestras sociedades o, si conviene emplear el argumento con menor radicalidad, por sopesar críticamente cuál es -si es que existe- la dimensión emancipadora de las tecnologías que el sistema nos ofrece. No conviene dejar de lado, en otras palabras, la intuición de John Zerzan que nos recuerda que todas las tecnologías creadas por el capitalismo llevan por detrás la impronta de la explotación, de la jerarquía y de la división del trabajo. Nada de lo anterior tendrá mayor sentido, en cuarto lugar, si no procedemos, también en el mundo paralelo que queremos construir, a despatriarcalizar las sociedades que habitamos, inequívocamente lastradas por valores y escenarios insoportables para la mayoría de las mujeres. Tenemos que luchar, en suma, por descomplejizar el lugar en que vivimos: hemos aceptado sociedades cada vez más complejas, con el correlato, aparentemente paradójico, de que somos cada vez más dependientes. Bastará con recordar al respecto lo que ocurrirá si a sociedades como las nuestras dejan de llegar los suministros de petróleo: todo lo que tenemos se desmoronará de la noche a la mañana.

7. Hay dos grandes respuestas ante el colapso. La primera, crudamente realista, nos dice de manera escueta que no nos queda otro remedio que aguardar a que el colapso en cuestión llegue, toda vez que será la única manera de conseguir que la abrumadora mayoría de quienes habitan nuestras sociedades tomen nota de la realidad y de los deberes que les corresponden. Aunque esta perspectiva es, sí, crudamente realista, resulta al tiempo inquietantemente desalentadora: el colapso se traducirá, por definición, en una multiplicación espectacular de los problemas y en una reducción paralela de nuestra posibilidad de resolverlos. La segunda respuesta, hoy por hoy voluntarista –disfruta de un apoyo social muy limitado-, nos dice que tenemos que apostar, de nuevo con urgencia, por salir cuanto antes del capitalismo. Habida cuenta de nuestras capacidades, limitadas, esta perspectiva propone hoy ante todo una recuperación del viejo proyecto de construcción de sociedades paralelas, y al respecto nos dice que debemos pelear por la apertura de espacios de autonomía que, desde la autogestión, la desmercantilización y la despatriarcalización de todas las relaciones, procuren federarse o confederarse, y mantengan una confrontación abierta con el sistema. Estoy pensando en lo que suponen incipientemente, en tantos lugares, los grupos de consumo, muchas de las ecoaldeas, las cooperativas integrales o el movimiento de trabajadores que, en régimen autogestionario-cooperativo, se han hecho con la dirección de empresas que estaban al borde de la quiebra.

Es verdad que el horizonte de los espacios de autonomía no resultaría plenamente grato a nuestros abuelos, o bisabuelos, anarquistas y anarcosindicalistas. Acaso lo hubiesen acogido con cierto recelo de la mano del recordatorio de que la estrategia mayor que procuraban sacar adelante bastantes decenios atrás era otra: la de la expropiación directa del capital. No se trata de que nosotros tengamos razón y a ellos, en cambio, les falte. Reconozcamos que más bien ocurre lo contrario, y que nuestra propuesta es el producto de la debilidad de nuestros movimientos e iniciativas, que nos condena, al menos a título provisional, a acumular fuerzas en espera de un futuro distinto. Con el agravante de que hoy sabemos a conciencia que llevamos el capitalismo dentro de nuestras cabezas, de tal suerte que dejarlo atrás no es precisamente una tarea sencilla.

Termino. De un tiempo a esta aparte me encuentro inmerso en una lucha sin cuartel contra los discursos, y las propuestas, realistas. Lo de menos es que esos discursos y propuestas hayan dado para lo que han dado. Ahí tenemos el ejemplo, cristalino, de la transición española, materializada en dos grandes partidos que se turnan en el gobierno y que al cabo hacen lo mismo, en dos cúpulas sindicales que no se oponen a nada y en una plétora de medios de incomunicación que repiten monocordes las mismas monsergas.

Lo menos que cabe exigir de una propuesta que merezca nuestra atención y apoyo es que rehúya ese mezquino realismo que huele por todas partes a defensa obscena, a menudo vergonzante, de la miseria existente. Bernanos, con buen criterio y palabras sonoras, definió al respecto el realismo como “la buena conciencia de los hijos de puta”: invocan la realidad como si ésta viniera dada por la naturaleza cuando es el producto manifiesto de lo que ellos mismos han creado en descarado provecho de sus intereses. Frente a ese mezquino realismo no podemos hacer otra cosa que recordar que quienes creemos en la autoorganización, en la autogestión y en la autonomía estamos aquí, y que no somos pocos. Así lo demuestran, con las carencias que queramos, muchas de las manifestaciones del sindicalismo que lucha y que resiste, muchas de las asambleas populares de un movimiento, el 15-M, que por fortuna se niega a morir y muchas redes e iniciativas que siguen peleando por la emancipación. Importa que no nos contentemos con preservar todas esas instancias, y que trabajemos, antes bien, para que engorden y maduren, y para que estén ahí cuando se hundan muchas ilusiones. Sin burbujas.

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