Crónica apartidista

Hoy […] de enero se llevó a cabo frente a la Embajada del Perú en Madrid un plantón convocado por “X…X…”, bajo la siguiente consigna: «…en apoyo a las movilizaciones por la vida, la dignidad y la democracia nos concentramos delante de la Embajada del Perú en Madrid», ciertamente un llamado al cual no podía ser indiferente y cuyos lineamientos (al menos sobre el papel) eran los mismos que comparto. Por lo demás, en la descripción del colectivo en su instagram, no decía nada más que: «Colectivo … apartidista que realiza eventos a favor de la memoria histórica y política del Perú: antifujimorista, antirracista, feminista» estás pautas me hicieron confiar que la manifestación estaría “libre” de, obviamente, partidos politicos y que era sobretodo una concentración de peruanos/ individualidades que no podíamos estar indiferentes ante la brutal represión de Boluarte, la cual hasta el día de la convocatoria  había acarreado ya 50 muertos injuriando a los manifestantes al decirles terrucos y avivando con ello viejos, pero presentes, pensamientos racistas y de clase: «brutos, indígenas, bolivianos, etc.».

   Éramos (o se suponía que ibamos a ser) extranjeros preocupados por la situación nacional que, además, condenábamos no sólo al gobierno de turno, sino también a un congreso infame que se deslegitima a diario y cuyos “muertos no los iban a chantajear”[1]. Así como también estamos reprochando el accionar de las fuerzas policiales y armadas que habían implantado el terror en buena parte del país disparando en la cabeza de adolescentes.

   Más temprano que tarde, uno de los hombres que estaban allí comenzó una pequeña, pero acalorada discusión, con uno de los 5 ó más policías que nos rodeaban intentando evitar que nos acercáramos al edificio en donde funciona la Embajada de Perú. Fue un cara a cara que me pareció desproporcionado por parte de este individuo de aparente nacionalidad española que en todo momento levantaba su DNI haciendo ver al policía que lo cuestionaba que él sí era español frente al resto de manifestantes (claramente racializados): un ademán/mensaje bastante simbólico pues había no solo paternalismo en ello, sino también una pizca de sentido de superioridad: “Yo, como verás, no soy igual al resto. Tengo derechos”. Por un momento pensé que tal reacción había sido producto de un acto hostil del uniformado, pero pronto descubrí que no, que más parecía un incendiar la pradera solo por que sí, solo para dejar entrar el caos.

   Acabado este impasse, comenzaron las arengas en voces unidas y abrazadas que pedíamos el alto al fuego en Perú, así como la renuncia de la presidenta Dina Boluarte. Mientras las voces aún seguían el unísono del llamado, una lejana y con oscuro mensaje se dejó oír: “¡Viva el presidente Castillo! ¡Libertad! ¡Fuera el congreso golpista!”. En ese solo momento no pude más que sentir el mayor de los rechazos a quien fuera dueño de esa voz que nos desautorizaba a todos y todas, que revolcaba en el vómito el espíritu de una concentración que, hasta este momento, pensé estaba limpia de pensamientos extremos… pero no fue así.

   No pude quedarme callado ante una situación que, también, era un atropello verbal no solo para los que habíamos acudido por ética y en solidaridad, sino también para los muertos del Sur. Hoy no me tragaría mi saliva ni mandaría callar mi razón, pensé.

   Algunas personas intentaban continuar con lo programado, una suerte de ritual que encaminara a los fallecidos al más allá indígena y que, a su vez, condugera con bien a los que se estaban manifestando en Lima. Siendo esta otra forma de pronunciarse, de luchyr y protestar, y tan válida como cualquier otra.

   Engrosé mi voz y apunté al perpetrador que defendía a Pedro Castillo, una defensa que rápidamente fue secundada por una minoría de gritos femeninos y varoniles cercanos a él mientras que otras miradas parecían no saber qué ocurría, siendo el silencio su mejor y única reacción. Otras voces, tal vez las de las organizadoras, pedían compostura.

   —Compañero. —volvía repetir yo— Estamos aquí por el repudio al gobierno y la condena rotunda a las muertes… y no para defender a Pedro Castillo[2]— y sin poder continuar, se sumaron otros gritos que hundieron mis palabras entre sus vociferaciones. Intenté continuar pero la respuesta siempre era la misma, absurda y nefasta: :¡Viva el presidente Castillo! ¡Restitución!”.

Castillo fue un provinciano que desde el minuto cero tuvo que hacer frente al más putrefacto racismo institucional y una encarnizada persecución por parte de la prensa. Sin duda, en un momento fugaz, él representó aires de renovación para muchos peruanos, era la imagen del héroe del pueblo, un héroe que se iría corroyendo con el pasar de los meses. 

   En aquel momento me sentí traicionado y no menos asqueado de estar junto a un pequeño grupo de personas (no todas las que estaban en el plantón) que formaban parte de algo que obviamente no defendería. Me quedé pensando que era un caso aislado, una pizca de desubicados, ya que rápidamente en mi auxilio acudieron otras voces que, no siendo amigas, pedían el silencio para seguir con la programación mientras que la policía, percatados de este jaleo, se acercaba para ver qué ocurría entre los manifestantes. Otros, muchos más, solo observaban con banderas bicolor y letreros en mano, con la única afiliación de no ser indiferentes. Parecían estar lejos y a salvo de militancias y partidos come cocos.

   Seguí firme y en medio de estos. Seguí por respeto a los fallecidos y porque estaba seguro que no todos estaban bajo este lineamiento. Y así fue. Estoy convencido que muchos  vinieron sin saber que, algo que se decía apartidista, se iba pronunciar luego en favor de Castillo, al menos por quienes ejercían de voceros que tomaron desde ese momento parte por un ex-presidente (intento tarambana de dictador fallido) y con ello de sus activos y pasivos, así como de su tan cuestionado partido político.

   Mientras que la noche invernal arremetía sobre los rostros oscuros de todos nosotros, peruanos de aquí y de allá, y que, ante el reducido espacio dejado por un coche, nos asardinábamos para hacernos notar a sabiendas de que notarnos en un barrio de pijos no sería difícil, lo difícil sería hacernos oír, hacer que nos tomen en serio, en serio dentro de una sociedad cuyo mayor signo de racismo es “apanchar” a los americanos que hablan su mismo idioma. Nuestra presencia de cara al público nos hacía ver más como bultos enfardados que como personas. Pero allí seguíamos de pie, sin ceder a los prejuicios de quienes pasaban o a la indiferencia de nuestras autoridades nacionales asentadas en España.

   Y mientras aguantaba el frío y la garúa, como todos, podía notar que las miradas de estos con los que había tenido la movida, no dejaban de mirarme, no dejaban de verme como un posible enemigo, un confundido o un infiltrado entre ellos.

   Luego se leyó una carta con fecha del 4 de enero de 2023, carta que iba siendo golpeada no por balas, sino por gotas frías de lluvia que corrían la tinta y agujereaban el folio. En una de sus líneas se decía que «había habido un golpe de estado tácito perpetrado por Dina Boluarte…», algo que claramente no era verdad ya que, el día 7 de diciembre del 2022, Castillo había intentado esgrimir con la mayor de las penas su peor faceta dando un golpe de Estado a nivel nacional  retransmitido  por el canal público de televisión. Aquel día expectoró su mensaje con una voz flaca y entre ligeros balbuceos que delataban su vacilación, mal sosteniendo unos papeles que se agitaban entre sus manos cada vez más temblorosas. Documento que al ser leído selló de manera irrevocable no su “triunfo” sino su auto-derrota. (lo que el incompetente y corrupto Congreso no había podido conseguir en dos oportunidades) y a pocas horas de que los congresistas se reunieran para —si conseguían los votos necesarios— vacarlo de su cargo y funciones; intentona que ya habían practicado en diciembre de 2021 y marzo del 2022, sin mayor éxito. Sin embargo, ahora las acusaciones para llevar a cabo una tercera moción parecían ser más sólidas y las pruebas ser más consistentes. Todo apuntaba a que Castillo había cometido tráfico de influencias, colusión y que, además, formaba parte de una organización criminal. Castillo Terrones parece haber cometido el error de oír sus temores y no afrontar los cargos que se le imputaban con las herramientas legales que tenía a la mano. Aunque, quizá, ninguna le hubiera servido a estas alturas del partido. El corrupto congreso únicamente se aprovechó de las circunstancias y enarboló una victoria que nunca fue suya.

   Luego, tomó la palabra una coordinadora internacional tras la lectura previa de una carta que había sido firmada por un puñado de colectivos para hacérsela llegar al desacreditado embajador. Todo iba bien, todo parecía quedar olvidado, habíamos vuelto a unir nuestras voces en favor de nuestros muertos; pero, pronto, mientras se proseguía, volvió a aparecer el nombre de aquel ex-presidente ante cuyos actos, y con micrófono en mano, se pedía libertad. No pude soportarlo más. Esta vez agaché la cabeza, miré a mis pies y me abrí paso entre esta pequeña multitud de 100 ó 120 compatriotas. A los pocos pasos solté una pancarta que a poco levantaba con honor y dignidad, en la cual se leía: «Callar es complicidad»

   Pensé que si decidí no guardar silencio frente a la masacre militar/policial avalada por la tiranía de Boluarte, ahora menos, con un texto en mano que me recordaba mis principios. Decidí hacer lo mismo frente a todos. Me fui como vine, solo, pero con la decepción a cuestas en vez de ilusión.

Me aparté, sintiendo sus miradas en mí, mientras se colaba el agua de un charco mal pisado por mis zapatillas.

Llegué a casa reconociendo la buena intención de los organizadores, pero lamentándome a la vez por la innecesaria defensa y reivindicación de alguien cuya acción política era también responsable de lo que vive el país. Y con él, los grupos de derecha que han alimentado la sensación de desgobierno a lo largo y ancho del territorio por casi un quinquenio siendo sobretodo el partido encabezado por la investigada Keiko Fujimori, uno de los mayores enemigos del Estado de Derecho, un grupo considerado, además, como un organización criminal. Por lo demás seguiremos en la lucha contra el terrorismo de Estado instaurado por Boluarte que es respaldado por una caspa congresal.

Carabanchel, 19 de enero de 2023

Nota:

Por respeto al colectivo, así como a los que tomaron la palabra, sus nombres permanecen en anonimato. Así como porque quien escribe cree que fue un error en el que cualquiera pudiera incurrir. Es importante dar a entender que no todos estamos en los extremos que tanto daño hacen y que muchas veces se juntan. Ni que los que pedimos que se vaya Boluarte, queremos el retorno de Castillo.


[1] La ex Presidenta del Congreso, Maricarmen Alva, en una entrevista a RPP afirmó con la peor de las insensibilidades  que 22 muertos le parecían un chantaje, uno al cual no estaba dispuesta a ceder. Y que ellos, los muertos, debían ser responsables. Achacaba la culpa de estas muertes al detenido Pedro Castillo.

[2] Presidente que había dado el cargo de Premier a Guido Bellido, congresista cuestionado por haber hecho apología al movimiento subversivo de Sendero Luminoso, al decir: “Nuestro mejor homenaje a ti Edith Lagos”, mujer que formó parte de las acciones más sanguinarias vividas en la país en el último siglo. Ella murió a los 19 años en un tiroteo con la policía en 1982. Fueron años de una cruenta guerra interna en donde los terroristas (terrucos) y el ejército nacional desangraron, sobre todo, a los pueblos del sur andino, dejando un saldo de casi 70 mil cadáveres entre 1980 – 2000.

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