Max Stirner, en busca de la total libertad: «Tienes el derecho de ser lo que tú tienes poder de ser»

Todas las verdades por debajo de mí son bienvenidas; de verdades por encima de mí, de verdades a las que yo debería doblegarme, no sé nada. No hay verdad por encima de mí, porque por encima de mí no hay nada.

Johann Kaspar Schmidt, más conocido como Max Stirner, nació en Bayreuth, Baviera, el 25 de octubre de 1806. A los doce años, huérfano de padre, regresó de la ciudad de Kulm (donde vivía desde la infancia) a su ciudad natal, donde asistió a la escuela local. Terminados los estudios secundarios cursó Filología, Filosofía y Teología en la Universidad de Berlín (junto a figuras como HegelMarheineke y Schleiermacher), continuando su instrucción en Erlangen y Königsberg. En 1829 interrumpió sus estudios y viajó por Alemania, hasta volver temporalmente a Kulm en 1830 para ocuparse de los problemas de salud mental de su madre. Dos años después regresó con ella a Berlín , donde culminó sus estudios en 1834.

A finales de la década del treinta se unió a un grupo de jóvenes hegelianos, Die Freien (Los Libres), una suerte de tertulia literaria y filosófica donde trabó amistad con Friedrich Engels, Bruno Bauer y Karl Marx, y donde muy probablemente conoció la obra de Ludwig Feuerbach, fundador del ateísmo antropológico. En 1841 empezó a escribir textos breves para el periódico Die Eisenbahn y entra en contacto con editores de la época, adoptando el pseudónimo literario de Max Stirner, al parecer en alusión a su amplia frente (en alemán, Stirn).

En 1842 publicó Das unwahre Prinzip unserer Erziehung (El falso principio de nuestra educación), donde ya identificamos la crítica corrosiva y letal que caracterizaría su estilo. Su blanco en este caso, como es de esperar, es la educación. Stirner afirma que el conocimiento o, mejor dicho, la forma de estructurarlo, no puede ni debe ser dada como una merced:

Sin nuestra ayuda, el tiempo no sacará a la luz la palabra adecuada; todos debemos trabajar juntos en ello. Sin embargo, si tanto depende de nosotros, es razonable que nos preguntemos qué han hecho de nosotros y qué se proponen hacer con nosotros; preguntarnos cuál es la educación por la cual pretenden hacernos creadores de la palabra correcta. ¿Cultivan concienzudamente nuestra predisposición a convertirnos en creadores o sólo nos tratan como criaturas cuya naturaleza simplemente permite el adiestramiento? […] Por eso nos preocupa especialmente lo que hacen de nosotros en el tiempo de nuestra plasticidad; la cuestión de la escuela es una cuestión vital.

Además de cualquier otra base que pueda justificar algún tipo de superioridad, la educación, en tanto poder, elevaba al que la poseía sobre el débil, que carecía de ella, y el hombre instruido contaba en su círculo, grande o chico, como el fuerte, el poderoso, el potentado: pues él era una autoridad.

El germen de toda la obra stirneriana está presente en este texto, como cuando afirma:

La verdad no consiste sino en la revelación que el hombre hace de sí mismo, y a ella pertenece el descubrimiento de sí mismo, la liberación de todo aquello que le es ajeno, la máxima de las abstracciones o liberación de toda autoridad, la naturalidad reconquistada. Ciertamente a los hombres no se les provee nada en la escuela; si están allí, están allí a pesar de la escuela.

Para Stirner, dentro del ámbito pedagógico no existe la libertad: lo que se espera del estudiante promedio es la sumisión: «Nuestro buen trasfondo de obstinación queda fuertemente suprimido y con él la conciencia del libre albedrío. El resultado de la escuela es entonces el filisteísmo», concluye el autor. La única salida es la conquista de la libertad a través de la irreverencia: si se les enseña la idea de ser libres, entonces buscarán liberarse; por el contrario, si sólo se los «educa», se limitarán a acomodarse a las circunstancias de la forma más «educada», degenerando en seres débiles y serviles. LEER MÁS

EL VUELO DE LA LECHUZA

«SOLO QUEREMOS A LOS OTROS PARA QUE VALIDEN NUESTRA IDENTIDAD»

José Carlos Ruiz, profesor en la Universidad de Córdoba, terminó sus estudios de filosofía becado en la Universidad Sorbona de París y se doctoró en Filosofía Contemporánea con una tesis sobre la hipermodernidad. Ha publicado ‘El arte de pensar’, ‘De Platón a Batman: manual para educar con sabiduría y valores’ y ‘El arte de pensar para niños’, entre otros, y colabora como asesor filosófico en la Cadena SER, donde conduce la sección semanal ‘Más Platón y menos WhatsApp’. Con la pandemia llega su último ensayo: ‘Filosofía frente al desánimo’, un libro nacido antes de los confinamientos que nos habla de una sociedad en constante exposición pública, diseñada para el desánimo, que exige ser productivo incluso en el tiempo libre. LEER MÁS

Cuestiones de táctica o Anarquía sin adjetivos

Fernando Tarrida del Mármol

CUADERNO DE FORMACIÓN LIBERTARIA 1

Carta enviada por el anarquista Fernando Tarrida del Mármol al periódico francés La Révolte con fecha de 7 de agosto de 1890.

Barcelona, 7 Agosto 1890

Compañeros de La Révolte,

Quisiera explicar con claridad la idea que me hago de la táctica revolucionaria de los anarquistas franceses; por ello, no pudiendo escribir una serie de artículos como haría falta, os envío esta carta. De ella extraeréis lo que contenga de bueno.

La decisión revolucionaria no ha faltado nunca en el carácter francés, habiendo demostrado los anarquistas, en infinidad de circunstancias, que no carecen de propagandistas y de revolucionarios. El número de adherentes es bastante amplio y con grandes pensadores, propagandistas decididos y adeptos entusiastas; Francia, en verdad, es el país donde se producen menos actos importantes para la Anarquía. Esto es lo que me hace pensar. He aquí por qué os he dicho que creía no ser buena vuestra táctica revolucionaria. Nada fundamental separa a los anarquistas franceses de los anarquistas españoles y, sin embargo, en la práctica, nos encontramos a gran distancia.

Todos nosotros aceptamos la Anarquía como la integración de todas las libertades y su sola garantía; como la impulsión y la suma del bienestar humano. No más leyes ni represiones; desarrollo espontáneo, natural en todos los actos. Ni superiores ni inferiores, ni gobiernos ni gobernados. Anulación de toda distinción de rango; solamente seres conscientes que se buscan, que se atraen, discuten, resuelven, producen, se aman, sin otra finalidad que el bienestar común. Así es como todos concebimos la Anarquía, como todos concebimos la sociedad del porvenir; y es para la realización de esta concepción que trabajamos todos. ¿Dónde, pues, están las diferencias?

Según mi parecer, vosotros, extasiados por la contemplación del Ideal, os habéis trazado una línea de conducta ideal, un puritanismo improductivo, en el cual malgastáis cantidad de fuerzas, que podrían destruir a los organismos más fuertes y que, así mal empleadas, nada producen. Olvidáis que no estáis rodeados por seres libres, celosos de su libertad y de su dignidad, sino por esclavos que esperan ser liberados. Olvidáis que nuestros enemigos están organizados y todos los días procuran fortalecerse más para continuar reinando. Olvidáis, en fin, que aun los que trabajan para el bien viven en la desorganización social actual y están llenos de vicios y prejuicios.

De todo esto se deduce que aceptáis una libertad absoluta y todo lo esperáis de la iniciativa individual, llevada a un punto tal en que ya no hay pacto o acuerdo posibles. Sin acuerdos, sin reuniones en las cuales se tomen resoluciones; lo importante y esencial es que cada uno haga lo que le plazca. Con el resultado de que si alguien quisiera hacer algo bueno y carece de lugar para reunirse con todos los que como él piensan, para exponer su iniciativa, escuchar sus consejos y aceptar su concurso; se ve obligado a hacerlo todo solo o a no hacer nada.

De este modo, crear comisiones para trabajos administrativos, fijar contribuciones para hacer frente a tal o cual necesidad, es una imposición. Y de este modo, si un compañero o un grupo quiere ponerse en relación con todos los anarquistas de Francia o del mundo para una cosa determinada, no tiene medio para hacerlo y debe renunciar a la idea. Todo lo que no es la Revolución social es una tontería: ¿No debe importar a los anarquistas que los salarios se vuelvan aún más insuficientes, que la jornada de trabajo se alargue, que se insulte a los obreros en los talleres o que las mujeres sean prostituidas por los patrones?

Mientras dure el régimen burgués esas cosas ocurrirán siempre, y solamente hay que preocuparse de la meta final. Pero mientras tanto la masa de los proletarios que sufre y no cree en una liberación próxima, no escucha a los anarquistas.

Si continuara así podría amontonar ejemplos, siempre con el mismo resultado: impotencia. No porque carezcan de elementos, sino por encontrarse diseminados, sin ningún tipo de conexión entre ellos.

En España seguimos una táctica completamente diferente; ciertamente para vosotros será una herejía digna de la mayor excomulgación, una práctica falaz, que se debe separar del campo de acción anarquista y, sin embargo, creemos que solamente así podemos hacer penetrar nuestras ideas entre los proletarios y deshacernos del mundo burgués. Tanto como vosotros, deseamos la pureza del programa anarquista. Nada hay tan intransigente y categórico como las Ideas, y no admitimos términos medios ni ninguna clase de atenuantes. Para eso, tratamos en nuestros escritos de ser tan explícitos como podemos. Nuestro norte es la Anarquía, el punto que deseamos alcanzar y hacia el cual dirigimos nuestra marcha. Pero en nuestro camino hay toda clase de obstáculos y para derribarlos empleamos los medios que nos parecen mejores. Si no podemos adaptar nuestra conducta a nuestras ideas, lo hacemos saber, tratando de aproximarnos lo más posible al ideal. Hacemos lo que haría un viajero que quisiera ir a un país de clima templado y que para llegar a él debiera atravesar los trópicos y las zonas glaciales: iría provisto de buenas frazadas y de ropa ligera, que dejará de lado llegado a destino. Sería estúpido y también ridículo querer pelear con los puños contra un enemigo tan bien armado.

De lo expresado procede nuestra táctica. Somos anarquistas y predicamos la Anarquía sin adjetivos. La Anarquía es un axioma y la cuestión económica algo secundario. Se nos dirá que es por la cuestión económica que la Anarquía es una verdad; pero nosotros creemos que ser anarquista significa ser enemigo de toda autoridad e imposición, y por consecuencia, sea cual sea el sistema que se preconice, es por considerarlo la mejor defensa de la Anarquía, no deseando imponerlo a quienes no lo aceptan.

Lo que no quiere decir que pongamos de lado la cuestión económica. Al contrario, nos agrada discutirla pero solamente como una aportación a la solución o soluciones definitivas. Cosas excelentes han dicho Cabet, Saint Simon, Fourier, Robert Owen u otros; pero todos sus sistemas han desaparecido porque querían encerrar a la Sociedad en las concepciones de sus cerebros no obstante haber hecho mucho de bueno para el esclarecimiento de la gran cuestión.

Observad que desde el instante en que proponéis trazar líneas generales para la Sociedad futura por un lado surgen las objeciones y las preguntas de los adversarios; y por el otro, el natural deseo de hacer una obra completa y perfeccionada nos llevará a inventar y trazar un sistema que, estemos seguros, desaparecerá como los otros.

Del individualismo anarquista de Spencer y otros pensadores burgueses, a los anarquistas individualistas-socialistas (no encuentro otras expresiones) existe una gran distancia, como ocurre entre los colectivistas españoles de una región a otra; al igual que entre los mutualistas ingleses o norteamericanos; como entre los comunistas libertarios, etc.

Kropotkin, por ejemplo, nos habla del “pueblo industrial”, reduciendo su sistema, o si se quiere su concepción, a la reunión de pequeñas comunidades que producen lo que quieren, realizando por así decir la función bíblica del paraíso terrestre con el progreso actual de la civilización; mientras que Malatesta, que también es comunista libertario, indica la constitución de grandes organizaciones que intercambien sus productos y que aún aumentarán más esta potencia creadora, esta asombrosa actividad que despliega el siglo XIX, purgado de toda acción nociva.

Cada potente inteligencia señala y crea rutas nuevas para la Sociedad futura, haciendo adeptos por fuerza hipnótica (si así se puede decir), sugestionando en otros cerebros con estas ideas, y todos en general nos hacemos nuestro plan particular.

Convengamos, pues, como casi todos hemos hecho en España, en llamarnos simplemente anarquistas. En nuestras conversaciones, en nuestras conferencias y en nuestra prensa, discutamos sobre las cuestiones económicas, pero nunca estas cuestiones deberían ser una causa de división entre los anarquistas. Para el desarrollo de la propaganda, para la conservación de la idea, tenemos necesidad de conocernos y vernos, debiendo para esto constituir grupos. En España los hay en casi todas las localidades donde hay anarquistas, y son la fuerza impulsiva de todo movimiento revolucionario. Los anarquistas no tienen dinero ni medios fáciles para procurárselo; para obviar esto, la mayoría de nosotros se ha impuesto una pequeña contribución semanal o mensual.

Procediendo así, podemos mantener las relaciones necesarias entre todos los asociados y podríamos mantenerlas entre toda la Tierra si los otros países tuviesen una organización como la nuestra. En nuestros grupos no hay autoridad; se pone a un compañero como tesorero, a otro como secretario para recibir la correspondencia, etc., etc. Cuando son ordinarias, las reuniones se hacen cada semana o cada quince días; si son extraordinarias cuantas veces sea necesario. Para ahorrar gastos y trabajo y también como medida de prudencia, en caso de persecución, se crea una comisión de relaciones a escala nacional. La que no toma iniciativas: quienes la componen deben dirigirse a su grupo si desean hacer proposiciones. Su misión es la de hacer conocer a todos los grupos las resoluciones y proposiciones que se le comunican desde un grupo, tomar nota de todas las direcciones que se le hacen llegar y enviarlas a los grupos que las solicitan, para ponerse en relación directa con otros.

Tales son las líneas generales de la organización que fue aceptada en el congreso de Valencia y de la cual hablasteis en La Révolte. El bien que produce es inmenso; es la que atiza el fuego de las ideas anarquistas. Pero, estad seguros, si redujéramos la acción a la organización anarquista, obtendríamos poca cosa. Acabaríamos por transformarla en una organización de pensadores que discuten sobre las ideas y que con certeza degeneraría en una sociedad de metafísicos, discutiendo sobre las palabras. Algo y mucho de esto os ocurre a vosotros. Empleando vuestra actividad solamente a discutir sobre el ideal, desembocáis en cuestiones de palabras. Se llaman unos “egoístas” y los otros “altruistas”, queriendo ambos la misma cosa; éstos se llaman “comunistas libertarios” y aquéllos “individualistas”, para en el fondo expresar las mismas ideas.

No debemos olvidar que la gran masa de los proletarios está obligada a trabajar un número excesivo de horas, que se encuentra en la mayor miseria y que, por consecuencia, no puede comprar libros de Büchner, Darwin, Spencer, Lombroso, Max Nordau, etc., de los cuales apenas si conoce los nombres. Y si aún el proletario pudiera procurarse sus libros, carece de estudios preparatorios de física, química, historia natural y matemáticas, necesarios para comprender bien lo que se lee; no tiene tiempo para estudiar con método, ni su cerebro está bastante ejercitado para poder asimilar bien estos estudios. Hay excepciones: como la de Esteban en Germinal (de Émile Zola), sedientos por saber devoran cuanto les cae en las manos, pero casi nada retienen.

Nuestro campo de acción no está, pues, en el seno de estos grupos, sino en medio del proletariado.

Es en las sociedades de resistencia donde estudiamos y preparamos nuestro plan de lucha. Existirán estas sociedades mientras dure el régimen burgués. Los trabajadores que no son escritores, se preocupan poco si existe o no libertad de prensa; los trabajadores no son oradores, poco se ocupan de la libertad de las reuniones públicas; consideran que las libertades políticas son cosas secundarias, pero todos desean mejorar su condición económica y todos desean sacudir el yugo de la burguesía; debido a esto habrá cámaras sindicales y sociedades de resistencia mientras persista la explotación del hombre por el hombre. Aquí está nuestro lugar. Abandonándolas, como habéis hecho vosotros, se vuelven los lugares de reunión de cuatro vividores que hablan a los trabajadores de «socialismo científico» o de practicismo, posibilismo, cooperación, acumulación de capitales para sostener huelgas pacíficas, solicitud de ayuda y apoyo de las autoridades, etc., de manera de adormecerlos y de frenar su impulso revolucionario. Si los anarquistas estuviesen en estas sociedades, al menos impedirían que los adormecedores hicieran propaganda contra nosotros. Y si, además, ocurriese que los anarquistas, como en España, fuesen los miembros más activos de dichas sociedades, los que hacen los trabajos necesarios sin retribución alguna, contrariamente a los doblados defensores que los explotan, pasaría que estas sociedades estarían siempre de nuestro lado. En España son estas sociedades las que, todas las semanas, compran periódicos anarquistas en gran cantidad para distribuirlos gratis a sus miembros; son estas sociedades las que dan el dinero para sostener a nuestras publicaciones y para socorrer a los prisioneros y perseguidos. Por nuestra conducta mostramos en estas sociedades que luchamos por amor a nuestras ideas; además, vamos a todas partes en donde hay obreros e incluso a donde no los hay, cuando creemos que nuestra presencia puede ser útil a la causa de la Anarquía. Así es como en Cataluña (y ahora comienza también en las otras regiones de España) no existe municipio en donde no hayamos creado o al menos ayudado a crear corporaciones con el nombre de círculos, ateneos, centros obreros, etc., que sin decirse anarquistas y sin serlo realmente, simpatizan con nuestras ideas.

Allí damos conferencias puramente anarquistas, mezclando en las reuniones musicales y literarias nuestros trabajos revolucionarios. Allí, sentados en la mesa del café, discutimos, nos vemos todas las noches; o estudiamos en la biblioteca.

Es en sitios así donde instalamos la redacción de nuestros periódicos, y los que llegan como canje van al salón de lectura; todo esto con una organización libre y casi sin gastos. Por ejemplo, en el círculo de Barcelona no se está obligado ni a ser socio; lo son quienes quieren y la contribución, de 25 céntimas al mes, es también voluntaria. De los dos o tres mil obreros que vienen a los locales del círculo, solamente trescientos son socios. Podríamos afirmar que estos locales son los focos de nuestras ideas; y sin embargo, aunque el gobierno ha buscado siempre pretextos para cerrarlos, no los ha encontrado, porque no se dicen anarquistas y no es allí donde se tienen las reuniones privadas. No se hace nada allí que no se haría en no importa qué café público; pero como allí van todos los elementos activos, surgen a menudo grandes cosas, y esto sin formulismo, bebiendo una taza de café o un vaso de aguardiente.

Tampoco olvidamos a las sociedades cooperativas de consumo. En casi todos los pueblos de Cataluña, excepto en Barcelona, donde es imposible a causa de las grandes distancias y de la manera de vivir, se han creado cooperativas de consumo en donde los obreros encuentran los comestibles más baratos y de mejor calidad que en los minoristas, y esto sin que ninguno de los socios mire la cooperación como meta final, sino solamente como un medio que se debe aprovechar. Hay sociedades que hacen grandes compras y que tienen un crédito de cincuenta o sesenta mil pesetas, las cuales han sido de gran utilidad en las huelgas, dando crédito a los obreros. En los ateneos de los “señores” (o de los sabios, cual se los llama) se discute sobre el socialismo; dos compañeros van en seguida a inscribirse como miembros (si no tienen dinero, se lo da la corporación) y sostienen allí nuestro Ideal.

Lo mismo hace nuestra prensa. Nunca deja de lado las ideas anarquistas; pero da cabida a manifiestos, comunicaciones y noticias que, aunque puedan parecer sin importancia, sirven, sin embargo, a hacer penetrar nuestro periódico y con él nuestras ideas, en los pueblos o en los medios que no las conocían. He aquí nuestra táctica y creo que, si se la adoptase en otros países, pronto verían los anarquistas ampliarse su campo de acción.

Pensad que en España la mayoría no sabe leer y, sin embargo, se publican periódicos anarquistas, folletos, libros y hojas sueltas en cantidad. Continuamente se hacen mítines y, sin tener grandes propagandistas, se producen hechos muy importantes.

En España, la burguesía es despiadada y rencorosa, no pudiendo sufrir que alguien de su clase simpatice con nosotros, y cuando algún hombre de posición se pone de nuestro lado, se le saca en seguida todo medio de vida, obligándolo a que nos abandone, de manera que solo puede ayudarnos en privado. Al contrario, la burguesía le da cuanto desea, si se aleja de nosotros. Por consiguiente, todo el trabajo en favor de la Anarquía reposa en los hombros de los trabajadores manuales, que deben sacrificar para sus horas de descanso.

Si en Francia, Inglaterra. Italia, Suiza, Bélgica y América del Norte hay un número bastante grande de buenos elementos, cambiando de táctica, ¡qué progreso haríamos!

Creo haber dicho bastante para hacer comprender mi idea.

Vuestro y de la Revolución Social.

Fernando Tarrida del Mármol

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