De histéricas a hipersexuales: enfermedades femeninas que nunca lo fueron

A lo largo de la historia a las mujeres se les han sobrediagnosticado dolencias y síndromes ya descartados, principalmente psiquiátricos, desde la histeria a la ninfomanía. Este retrato distorsionado, que vivió una edad de oro en el siglo XIX, se ha cuestionado en las últimas décadas por la comunidad investigadora.

Beatriz de Vera / Agencia SINC

Imagen de una paciente diagnosticada con histeria en el hospital La Salpêtrière de París. / Foto: Wikimedia Commons

“Nacida débil y sensible, la mujer, esta fiel compañera del hombre, merece el más vivo interés y presenta un vasto campo a las meditaciones de filósofos y médicos”. Así arranca el Tratado completo de las enfermedades de las mujeres, un texto de 1844 que pretende ser una puesta al día de todo lo conocido por la medicina sobre las mujeres hasta la fecha.

El ‘sexo bello’ o el ‘ángel del hogar’ fueron nombres usados por algunos científicos del siglo XIX, que apuntalaron en el imaginario colectivo la noción de ‘sexo débil’ para referirse a las mujeres. “Las modificaciones físicas que constituyen las bellezas de la mujer están en razón inversa de las que constituyen las del hombre. Las facciones de su rostro tienen unas proporciones finas y agradables, sus pies son más pequeños y manos delicadas, sus brazos, muslos y piernas son más gruesos, los músculos de todos sus miembros están dulcemente demarcados con líneas ondulantes”, escribe el médico Baltasar de Viguera en La fisiología y patología de la mujer (1827).

Para De Viguera, que relataba con profusión la sensibilidad y delicadeza en formas, sentidos y carácter de las mujeres, sus cualidades tenían que ver con “los órganos de la matriz”. “Esta prodigiosa esfera de la perpetuidad de la especie es la que determina los atributos del bello sexo, la que preside todas sus funciones, la que desarrolla las modificaciones de su instinto, en fin, la que manda e influye imperiosamente en sus pasiones, gustos, apetitos, ideas, propiedades e inclinaciones”.

Esta concepción del aparato reproductor femenino avaló desigualdades, entre otras, la que impedía a las mujeres acceder a los estudios superiores: “La teoría de conservación de la energía sirvió para que algunos se opusieran a la educación de las mujeres, pues el esfuerzo que habrían de dedicar a su instrucción les quitaría una energía necesaria para el funcionamiento correcto de sus funciones menstruales y reproductivas; eso impediría su finalidad primordial, ser madres”, cuentan en Las mentiras científicas sobre las mujeres S. García Dauder y Eulalia Pérez Sedeño.

Al útero se le culpa desde el antiguo Egipto: entonces, se decía que el órgano se desplazaba dentro del cuerpo de la mujer causando todo tipo de afecciones. Después, se han sucedido teorías más o menos elaboradas que relacionan el útero con enfermedades o comportamientos indóciles de las mujeres. La palabra histeria, enfermedad del útero (hystera, en griego), acompañó estos diagnósticos y tuvo una nueva edad de oro en el siglo XIX. LEER MÁS.

FUENTE: PIKARA MAGAZINE

¿Es el hombre un lobo para el hombre?

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Fotograma de la película ‘Leviatán’ (2014), considerada una reflexión moderna acerca de la obra homónima del filósofo Thomas Hobbes.

La concepción del ser humano, la esencia que rige sus destinos, siempre ha sido ampliamente discutida. Desde la filosofía y desde la historia. No son pocas veces las que nos preguntamos si el hombre es bondadoso por naturaleza. ¿Cómo ha llegado el ser a su actual situación, tras miles de capas de civilización? El filósofo Thomas Hobbes se elevó sobre esta cuestión sirviéndose de la vieja locución latina, «homo homini lupus»; es decir, el hombre es un lobo para el hombre. «Para hablar imparcialmente, estos dos dichos son muy verdaderos: que el hombre es una especie de Dios para el hombre y que el hombre es un auténtico lobo para el hombre», explicaba el filósofo inglés en De Cive, publicada en el año 1642.

«Es el pesimismo antropológico habitual que se le atribuye al autor, pero también una solución optimista que convierte a nuestros congéneres en divinidades», señala David Jiménez Castaño, profesor de filosofía en la Universidad de Salamanca, sobre esta conocida cita. La distinción entre ambos aforismos es, en realidad, más sencilla de lo que se espera. Según Jiménez, la diferencia «reside en la distinta situación en la que se vive en el estado de naturaleza, aquel en el que viven los seres humanos cuando no hay un poder común que les proteja; y la situación en la sociedad civil, tras la aparición de una norma común que determina qué se puede hacer y qué no, consiguiendo la seguridad de los súbditos y ciudadanos de un territorio». LEER MÁS

FUENTE: ETHIC

Anarquismo metodológico: Feyerabend y los límites de la ciencia

La crítica contemporánea al cientificismo más desbocado ha centrado gran parte del desarrollo filosófico del siglo XX y del XXI. Deleuze, Foucault, Bataille, Derrida, Sloterdijk, Žižek o Vattimo, por sólo citar unos pocos nombres, han lanzado todo su potencial crítico, en varias de sus obras, contra esa hegemonía que se atribuye (a) la explicación científica, cuando de lo que se trata es de abordar la realidad. Simplificando mucho la cuestión, que un discurso pretenda reducir un acontecimiento, sea del orden que sea, a la presencia más o menos velada de leyes universales, y que evidentemente están aguardando el acecho de los científicos de turno, les parece a estos autores, como poco, delirante. Razón no les falta, podría pensarse. Encofrar la riqueza ontológica en unos pocos teoremas, limitar lo real a la ley, en definitiva, es algo difícil de asumir desde diferentes posiciones filosóficas. Uno de los más críticos más desatados, y por qué no decirlo más lúcidos, respecto a este imperialismo cientificista es, sin duda alguna, P. K. Feyerabend (1924-1994).

Como es bien sabido, Feyerabend niega la existencia de cualesquier leyes o regularidades que tengan una entidad eterna y universal. Es decir, no hay ninguna sola regla, por plausible que parezca o que sea, que no se pueda infringir en una determinada ocasión. La firmeza de los teoremas es un sortilegio más resultado de los delirios e inseguridades de la disciplina en cuestión, que no de una presunta robustez ontológica de los mismos. Pero es que verdaderamente, tal y como enseñó por ejemplo Karl Popper a lo largo de su obra, las infracciones son fundamentales para el devenir de cualquier tradición científica. Y Feyerabend asumió ese punto (el único, por cierto) de su gran rival epistemológico. Como afirma en su Contra el método, las infracciones de teoremas, las rupturas de las presuntas leyes son el combustible necesario del transcurso de cualquier ejercicio científico (o no). Por ello, «… considerando cualquier regla, por «fundamental» o necesaria para la ciencia, hay siempre circunstancias en las que se hace aconsejable no sólo ignorar la regla, sino adoptar su opuesta.» LEER MÁS

FUENTE: EL VUELO DE LA LECHUZA