De cómo se usurpó y manipuló la memoria libertaria en Francia. Historia de un robo

aludos gente que lee!!! Aquí estoy de nuevo, y esta vez traigo el típico tema espinoso con el que no hacer demasiadas amistades. Digo típico por que es un clásico. Y como clásico, considero la usurpación, por no decir robo descarado y escandaloso, tanto del mérito, como de la participación, de los anarquistas en la resistencia en Francia. Ocultación de datos, manipulación, olvidos interesados, todo repetido hasta la saciedad, hasta que se convierta en “verdad”. Y es que no hay como poner la maquinaria de propaganda del “partido” a funcionar, para que se vean los resultados con prontitud. Así que, parte de quienes cuentan la historia, cuentan esta verdad deformada, que quienes vienen detrás toman como verdad absoluta, y mientras no salga nadie a desmentirlo, pues suma y sigue, una historia a la carta. No os preocupéis, también hay mandanga para la burocracia sindical anarquista.

Al igual que en la Guerra Civil Española, el PCE era minoritario al principio de la misma, pero gracias a la ayuda “desinteresada” de la URSS, pasó a ser el gran defensor de la Republica, en tierras francesas pasó tres cuartos de lo mismo. Bueno, no todo el rato, claro, pues en medio apareció ese curioso pacto de “no agresión” entre Hitler y Stalin, que dejó a demasiados comunistas con el pie cambiado y un gesto de incredulidad en la cara.

Pacto Molotov-Ribbentrop
El 23 de agosto de 1939,se firmaba en Moscú el pacto de no agresión entre Alemania y la URSS. IMANOL

Para quien no lo sepa, el 23 de agosto de 1939, la Alemania nazi y la URSS firmaron un pacto de no agresión, también conocido como pacto Ribbentrop-Molotov, que eran los encargados de los asuntos exteriores de ambos paises. El acto se oficializó en Moscú 9 días antes del principio de la 2ª Guerra Mundial. Además, el pacto también estrechaba los vínculos económicos y comerciales entre ambas potencias, sin olvidar el pequeño detalle del reparto de Polonia.

Así que cuando las tropas hitlerianas entraron en Francia el 10 de mayo de 1940, y 40 días después, ya tenían bajo su control la mitad del país vecino, y la otra mitad sometida bajo un régimen títere, la línea oficial del partido comunista, tanto francés como español, hizo de tripas corazón y decidieron seguir los mandatos del tío Yosiff… en fin, que no había que atacar a las tropas nazis. Por suerte para el mundo, muchas y muchos comunistas, se saltaron la tan cacareada disciplina de partido y pasaron a la acción contra las huestes de Hitler. LEER MÁS

fuente: EL SALTO / IMANOL

Lo que nadie contará hoy sobre Auschwitz

Se cumplen setenta años de la liberación del campo de la muerte de Auschwitz. Con toda probabilidad el nombre que evoca lo más cerca que ha llegado a estar la humanidad del mal absoluto en toda su historia. Y ya es decir.

Auschwitz, y los otros más de 50 «campos de la muerte» diseminados por toda la Europa ocupada, evocados al unísono con ese sólo nombre; y ello sin contar los casi 1000 campos de concentración del Tercer Reich, los más de 1150 guetos y todo lo demás.

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, hablar de Auschwitz continúa siendo hoy demasiado difícil, demasiado insuficiente, demasiado sobrecogedor. No hay texto ni palabras suficientes para abarcar lo que fue Auschwitz, y mucho menos en un breve artículo, es verdad.

Pero con todo me resulta demasiado inaceptable, que incluso en el día que se recuerda el 70 aniversario de Auschwitz y de todo lo que allí sucedió se permita -se promueva- olvidar que Auschwitz fue el mayor campo de trabajo forzado de la Alemania nazi y que Auschwitz fue también «IG Auschwitz». Filial de IG Farben, el gran cartel empresarial del momento, formado por las empresas Bayer, HOECHST y BASF. Y no digo el gran cartel empresarial «alemán», porque eso tampoco sería verdad, no hasta poco antes de diciembre de 1941 y el ataque a Pearl Harbor. LEER MÁS

nueva tribuna

Redes de cuidados en los campos de concentración nazis

Las presas políticas españolas durante el holocausto se organizaban como una especie de familia para ayudarse las unas a las otras a sobrevivir el infierno y para realizar sabotajes.

Un carné antiguo

Carnet de combatiente de Elisa Garrido.

Cuando Lola García Echevarrieta (Bilbao, 1901) llegó al campo de concentración alemán de Ravensbrück, tras un hacinado viaje en los trenes de la muerte, fue estampada con una tenebrosa calificación. Era presa Nacht und Nebel (noche y niebla en alemán), lo que significaba que su destino final sería la cámara de gas. Tenía además prohibida cualquier comunicación con el exterior y viviría en precarias condiciones. Pese a este sello que a ratos pesaba como una losa, se convirtió en algo así como una madre para el resto. Animó, cuidó y ayudó a sus compañeras, quienes establecieron una red matriarcal de cuidados durante el horror de esos días en el campo nazi. LEER MÁS

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Primo Levi: una reflexión sobre el ser humano después de Auschwitz

David Galcerá 

Pocos testimonios del siglo XX pueden comparase al del italiano Primo Levi (1919-1987), superviviente y testigo de Auschwitz y, por extensión, del mal del siglo XX. Detenido cuando formaba parte de “Justicia y Libertad”, organización que luchaba en la resistencia contra el fascismo en Italia, es enviado al Lager que ha dado nombre al sistema concentracionario nazi, no ya por su militancia política, sino por su condición de judío. Tras su regreso, se convierte en testigo del siglo XX, pero no sólo por lo que atañe a la historia sino, sobre todo, por lo que se refiere a la condición humana.

Toda la obra de Primo Levi es en el fondo una interrogación sobre el ser humano. Su obra se enmarca en una viejo tópico que en aquellos años adquiere todavía más relevancia, pues los acontecimientos históricos subrayan como nunca el carácter deíctico de la expresión Ecce homo. Aparecen obras como la de Gino GregoriEcce homo Mauthausen, o un breve escrito de Natalia Ginzburg titulado “El hijo del hombre”, donde con claras reminiscencias evangélicas define una época, la de la guerra, como hostil al hombre: no había guarida ni lugar donde reposar la cabeza. También Alberto Moravia habla de que los horrores del totalitarismo muestran que el ser humano todavía no es un fin en sí mismo, que la humanidad del hombre es todavía aquello a alcanzar.

Primo Levi se inserta en este contexto con su primera obra: Si esto es un hombrePhilip Roth dijo que fue para él el libro más importante, porque “después de haberlo leído, nadie puede decir que no ha estado en Auschwitz”. Decía Levi que en su estancia en el laboratorio de química del Lager, así como en los momentos de tregua, en la enfermería y en los domingos en los que no trabajaba, nacía la pena de recordar, el viejo y feroz deseo de “sentirse hombre”. Y ya allí empezó su tarea de cronista del horror. Pero, sin duda, es al regresar cuando el escritor judío siente la necesidad de dar expresión a su experiencia concentracionaria, como el Ulises que ha regresado a Ítaca o el  soldado que regresa del poeta romano Tibulo. Levi dirá que al volver del cautiverio las experiencias vividas le quemaban por dentro, y que se “sentía más cerca de los muertos que de los vivos, y culpable de ser hombre, por ser los hombres quienes habían edificado un lugar como Auschwitz” (Il sistema periódico, en Tutti i raconti, Einaudi, Torino, 2005, p. 501). Pensaba que, si contaba su experiencia, se purificaría, aunque, como el viejo marinero de Coleridge, semejara un aparecido, un muerto entre los vivos al que difícilmente querrían escuchar.

El título de la obra mencionada es elocuente: Si esto es un hombre. El nombre fue tomado, por el editor, del poema “Shemá” (anteriormente llamado “Salmo”). En este poema, incluido como prefacio a la obra, Levi nos demanda que consideremos si podemos hablar de humanidad al mirar a Auschwitz. El carácter condicional del título remite a la incertidumbre del autor sobre el ser humano abatido. El poema dice así:

Los que vivís seguros,
en vuestras casas caldeadas
los que os encontráis al volver por la tarde,
la comida caliente y los rostros amigos.
Considerad si es un hombre
quien trabaja en el fango
quien no conoce la paz
quien lucha por la mitad de un panecillo
quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
quien no tiene cabellos ni nombre
ni fuerzas para recordarlo
vacía la mirada y frío el regazo
como una rama invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones,
al estar en casa, al ir por la calle,
al acostaros, al levantaros;
repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
la enfermedad os imposibilite,
vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Primo Levi, Si esto es un hombre, trad. de Pilar Gómez Bedate, Muchnik Editores, Barcelona, 2003 [1958], 3ª ed. pp. 13-14.

El  llamado al lector se expresa en el título del poema: “Shemá” (“escucha”) de Deuteronomio 6:3-9, libro que constituye una reafirmación del pacto entre Dios e Israel establecido en el Sinaí, tras haber perecido una generación en el exilio del desierto. El texto en cuestión es una afirmación de la unicidad del Dios de Israel, así como del carácter escogido del pueblo a pesar de ser uno de los más humildes de la tierra. Y se exhorta a que el pueblo escuche y transmita la ley de Dios a las siguientes generaciones. Levi, tras el regreso del éxodo que constituye Auschwitz, insta a una especie de pacto de la humanidad, un pacto que lleve a la reflexión sobre el ser humano y, al mismo tiempo, a la exigencia de no olvidar.

Pero, a diferencia de la majestad de Dios, el poema de Levi enseña y llama a consideración la fragmentación del hombre, mediante el uso del demostrativo en las expresiones condicionales: “se questo è un uomo”, “se questa è una donna”. El poema apela al lector a considerar la condición del hombre y de la mujer en Auschwitz. El “si” del verso y del título de la obra introduce un carácter hipotético, porque como afirma Levi, explícitamente al final de su primera gran obra, sólo se puede hablar del Lager “en condicional”. Las palabras pierden su sentido para expresar la condición del ser humano en el Lager; pues el hambre, la sed, el frío, etc. allí son algo distinto, como elocuentemente expresaba el título de la obra de Piero Caleffi: Si fa presto a dire fame. Sólo se pueden usar esos términos por aproximación, “como si fuera así”, pero hay una distancia con la experiencia vivida. Y este carácter hipotético se manifiesta también en que el hombre en el Lager vive en un mundo en que el prisionero está a merced del capricho de sus amos: “se puede morir por un sí o por un no”.

En el poema destacan los verbos “considerad” (dos veces) y “pensad”, dirigidos a los que tienen alimento y están en sus casas, las condiciones de las que los prisioneros carecían, y que les llevaba a la deshumanización, al olvidarse de todo cuanto constituía su identidad. A diferencia del texto del Pentateuco, sólo hay maldiciones si no se escucha; la única bendición, implícita, pero no menor, consiste en la posibilidad de no dejar de ser hombres al ser partícipes del relato del superviviente. Nuestra humanidad se afirma al escuchar y reintegrar a la humanidad a quien fue despojado de ella. Sólo así puede el superviviente dejar de ser hombre en condicional, y serlo realmente, en indicativo.

Pero la deshumanización no sólo afecta a lo físico, sino también a lo moral. De hecho, para el escritor italiano, era más difícil sobrevivir moralmente que físicamente. En el capítulo titulado irónicamente “Más acá del bien y del mal” de su primera obra, Levi dice que había que colgar los valores morales a la entrada para poder sobrevivir; unos lo hacían con más empeño, otros con menos. De hecho, dirá Levi, por lo general, los mejores moralmente no sobrevivieron, a  no ser por la fortuna o por tener algún oficio, como el de químico, que le permitió al autor ser un privilegiado en aquella situación. Así, la falta de piedad, el no rebelarse ante las injusticias cometidas contra uno mismo y contra los demás provocaba la negación de los valores básicos.

Según el biógrafo Ian Thomson, a Primo Levi, al marchar de Turín y ver desde lejos la famosa Mole Antonelliana (edificio destinado originariamente a ser una sinagoga y que actualmente es un museo de cine), le pareció estar despidiéndose del mundo humano. Tal vez por ello, el título del capítulo recuerda irónicamente al Nietzsche del Más allá del bien y del mal (quien llamó “Ecce homo” a ese edificio emblemático de Turín), y nos muestra una situación de caos, previa a cualquier tipo de mundo moral posible para que puedan habitar los hombres. Por ello, se pregunta Levi, dirigiéndose de nuevo al lector, qué parte de nuestro mundo moral podría subsistir ahí dentro: “qué sentido pueden tener en el Lager nuestras palabras ‘bien’ y ‘mal’, ‘justo’ e ‘injusto’”; o “cuánto de nuestro común mundo moral puede resistir más acá de la alambrada”.

Tras este diagnóstico sobre el ser humano, es obvio que la memoria, el testimonio, no sólo ha de tener un carácter pasado. Ha de tener también un papel admonitorio. Para Levi, el principio de que “todo extranjero es un enemigo” está asentado en nuestras almas como una “infección latente”. Y cuando esta idea se convierte en la premisa mayor de un silogismo, al final de la cadena está el Lager. Por ello, la historia de los campos de exterminio debería ser para todos “una siniestra señal de peligro”, como memoria hacia delante, como admonición, que abre la posibilidad de la bendición o la maldición en función de cómo escuchemos las palabras del testimonio. Así nos conmina de nuevo el superviviente de Auschwitz en el texto que escribió para el memorial de los italianos muertos en Auschwitz.

En este lugar donde nosotros, inocentes, hemos sido asesinados, se ha tocado el fondo de la barbarie. Visitante: observa los vestigios de este campo y medita: de cualquier país del cual provengas, no eres un extraño. Haz que tu viaje no sea inútil, que  nuestra muerte no haya sido inútil. Para ti y para tus hijos, valga la advertencia; haz que el fruto horrendo del odio, del cual has visto aquí las huellas, no dé una nueva semilla ni mañana ni  nunca.

Traduzco del texto “To the visitor”, compilado en The Black Hole of Auschwitz, trad. de Sharon Wood, Polity Press, Cambridge, UK, Malden, USA, p. 72.

FUENTE: EL VUELO DE LA LECHUZA

María Zambrano y Hannah Arendt

Carlos Javier González Serrano 

Hannah Arendt y María Zambrano representan dos de las cumbres del pensamiento filosófico del siglo XX. Un periodo histórico que sintieron y pensaron en y desde lo más íntimo. Olga Amarís Duarte, doctora en Filosofía y traductora, publica un libro fundamental para acercarse a ambas figuras a través de la dolorosa, pero también enriquecedora, vivencia del exilio que ambas sufrieron. “El exilio es, pues, creador”, dejó escrito María Zambrano (1904-1991). Tanto la pensadora malagueña como Hannah Arendt (1906-1975) padecieron, de primera mano, los horrores de tan problemática experiencia, alienadora como pocas pero también rica en contrastes. Una experiencia que Olga Amarís Duarte toma como centro neurálgico de su nueva obra, Una poética del exilio. Hannah Arendt y María Zambrano (Herder), redactado con una prosa muy fluida y con profundo conocimiento del pensamiento de sendas mujeres, cualidades que invitan a cualquier lector, lego o especializado, a introducirse en los complejos y apasionantes vericuetos del pensar de ambas.

Escribe la autora en el prefacio que “todo exilio tiene una faceta de conquista y todo exiliado es un conquistador en potencia que irrumpe con su conspicua diferencia en una sociedad que, en principio, no cree necesitarle”. Por eso, continúa, “la gran proeza del exiliado consiste en hacerse imprescindible por insustituible”. Y, desde luego, Arendt y Zambrano se hicieron imprescindibles como conocedoras de primera mano de un tiempo de oscuridad (como Arendt lo denominó), en el que los totalitarismos y los señalamientos se convirtieron en moneda corriente de una Europa que naufragaba en términos políticos, sociales y antropológicos.

Es además nuestro tiempo, como recuerda Duarte, “el de los setenta millones de desplazados forzados”un tiempo en el que la experiencia del destierro, del exilio y de la errancia vuelven a estar tristemente en boga. Fundamentalmente porque, a fin de cuentas, constituye una vivencia común: el exilio lo sufre quien lo experimenta en sus propias carnes, pero también el espectador que asiste a él. Por eso, se apunta en este libro, se hace urgente “pensar y repensar el exilio como lo hicieron María Zambrano y Hannah Arendt, sin escatimar en los sinsentidos y en el horror, para llegar, finalmente, a comprenderlo en su totalidad poliédrica”.

Ello por una razón muy clara, que Arendt expresa con dureza teórica y retórica en el prólogo de Los orígenes del totalitarismo (1951), en un fragmento que Olga Amarís Duarte recoge en su obra y que supone el pistoletazo de salida de su libro:

La comprensión no significa negar el horror, deducir de precedentes lo que no tiene igual o explicar los fenómenos mediante tales analogías y generalidades que no se sientan ya ni el impacto de la realidad ni el choque de la experiencia. Significa, más bien, examinar y soportar de forma consciente el fardo que nuestro siglo ha puesto sobre nosotros sin negar su existencia ni someterse dócilmente a su peso. La comprensión, en suma, implica un enfrentamiento no premeditado, atento y resistente con la realidad, cualquiera que ésta sea.

Duarte expresa de una forma sencilla lo complejo. Con la habilidad del escultor experimentado, este imperdible volumen muestra cada pormenor con suavidad, sin perder con ello ningún detalle por el camino. Es un libro que se lee con gusto literario, con el que se aprende y se viaja a hombros de Arendt y Zambrano: sintiendo, padeciendo, educándonos con ellas. Porque si en algo creyeron ambas autoras fue en esa antigua paideia (formación o educación) griega, que cincela el espíritu no tanto para contar con las herramientas intelectuales necesarias como para tener el valor suficiente para no sortear la realidad.

Tanto Zambrano como Arendt, desde sus particulares y tan distintos estilos, trascendieron su propia realidad, mas no para soslayarla, sino para poder convivir con la inquietud que les suscitaba, en una labor constructora del exiliado. Como apunta Duarte, en ambas pensadoras “el exilio se convierte en un acontecimiento propiciatorio e iniciático que, en complicidad con los tejemanejes de la historia, logra aquello que el místico sólo consigue empezar a vislumbrar tras arduos ejercicios ascéticos”, de manera que “alcanza en el salto abismático hacia lo desconocido un estado total de desarraigo”. Tanto Arendt —con su concepto de “vida desnuda”— como Zambrano —con la experiencia descarnada del exilio— reivindican más justamente “la posición privilegiada del límite que se abre en toda crisis para empezar a poner los cimientos de un modo alternativo de expresión y de intelección capaz de comprensión total de la realidad, incluyendo aquellas regiones desterradas”. En esto fueron maestras y, casi se puede decir, guías espirituales.

Pero no. Ni en Zambrano ni en Arendt el pensamiento queda petrificado en las zonas etéreas de la filosofía. Ambas pujan por tocar el suelo de la realidad, de su realidad, para pensarla y, a partir de ese contacto filosófico, emerger en y con la acción. Hay que comprenderlo todo y del todo, aunque no por un gusto fatuo o diletante por lo teórico, sino, más bien, con la mente puesta en la acción que, también y por supuesto, se traduce a veces en el pensar. Pero un pensar sin acción resulta inoperante y vacío.

En este sentido apunta muy certeramente Olga Amarís Duarte que no debemos creer, sin embargo, que “la experiencia del exilio es concebida por ambas autoras como un estado pasivo de aceptación y de sublimación de los acontecimientos de la época”. En Arendt, por ejemplo, “el refugiado se convierte en partícipe de la vita activa, influyendo y conformando la esfera pública mediante sus actos y sus palabras”; en Zambrano, se resurge a una vida nueva que “va instituyendo una patria tras otra, porque todas las ciudades han sido fundadas un día por un extranjero que vino de lejos con la sola intención de crear, de dar sin más”.

Un libro necesario, de prosa excelente y cautivadora, y sin duda uno de los ensayos más relevantes publicados en nuestro idioma en los últimos años. Un viaje tan detallado como agradable por el corazón y las vivencias de dos pensadoras que se dejaron la vida en el desarrollo de su propio pensar: pensaron porque vivieron y vivieron porque pensaron. Quizá en esta doble direccionalidad se encuentre su mayor hondura: en la decisión de existir en la tensión del pensamiento que se implica con los retos de su tiempo. Inexcusablemente.

La búsqueda conjunta de un sentido al sinsentido en los que el ejercicio de pensar anduvo en cuarentena, el descubrimiento y el desarrollo de una línea de pensamiento muy singular y personal, en crítica abierta contra el canon y porosa a fuentes de conocimiento más alternativas y de carácter tan subjetivo como los sueños, la imaginación y la tradición religiosa, son algunos de estos puntos de conexión en dos discursos que se dan la mano, aun en la distancia.

Olga Amarís Duarte, Una poética del exilio, p. 305.

EL VUELO DE LA LECHUZA

Filosofía para tiempos revueltos: la fuerza de Simone Weil

Carlos Javier González Serrano 

Simone Weil

El mal es ilimitado, pero no infinito. Sólo lo infinito limita lo ilimitado.

La corta vida de Simone Weil (1909-1943) se vio muy pronto entregada al quehacer filosófico: desde los catorce años, cuando es víctima de una profunda crisis personal, comienza a preguntarse por el sentido de la existencia humana, un interrogante que no le abandonará hasta su muerte (de la que en 2013 se cumplían 70 años). Su indudable implicación moral con el devenir de los tiempos y de los acontecimientos sociales que vivió le hizo tomar por bandera de sus reflexiones el siguiente dictado: “Para que tu mano derecha ignore lo que hace la izquierda, habrá que esconderla de la conciencia”. Fue profesora de filosofía entre los años 1931 y 1938, y se introdujo sinceramente y de hecho en la lucha a favor de los obreros y campesinos más desfavorecidos, convirtiéndose voluntariamente en uno de ellos.

En 2009, con motivo de la conmemoración del nacimiento de la filósofa francesa, se celebró un congreso internacional, organizado por el Seminario Filosofia i Gènere, bajo el título Lectoras de Simone Weil. Uno de los más brillantes resultados de aquel encuentro fue un completo y muy recomendable volumen, coordinado por las profesoras de la Universitat de Barcelona Fina Birulés y Rosa Rius Gatell (ambas profesoras de dicha Universidad), en el que además de estudiar en profundidad la figura y el pensamiento de Weil, se hace hincapié en la relación que ésta mantuvo (efectivamente o en diferido, a través de sus textos) con distintas personalidades femeninas de la época, como Hannah Arendt, Cristina Campo, María ZambranoJeanne Hersch, Ingeborg Bachmann o Elsa Morante. Redactado por especialistas en la obra de Weil y el devenir de la historia de la filosofía del siglo XX, este libro se erige como puerta privilegiada de acceso al pensamiento de Simone y, más importante incluso (puesto que como ya explicó André Gide, no existe un auténtico conocimiento de una obra sin el conocimiento del contexto en el que se fragua), al meollo cultural, político y social en el que se desarrolló su intensa vida personal y su actividad filosófica.

El conflicto y el ensañamiento de los humanos con sus semejantes, de mano de la muerte, fueron algunos de los temas centrales que Weil abordó y en el que tanto influyó a numerosos autores. Así, escribía en el estudio que dedicó a La Ilíada de Homero:

Llega un día en que el miedo, la derrota, la muerte de compañeros queridos hacen que el alma del combatiente se doblegue bajo la necesidad. La guerra deja entonces de ser un juego o un sueño; el guerrero comprende al fin que existe realmente. Es una realidad dura, demasiado dura para ser soportada, pues contiene la muerte. El pensamiento de la muerte no puede ser sostenido, sino por destellos, desde el momento en que se siente que la muerte es, en efecto posible.

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Simone Weil en la guerra civil española, en 1936

Lectoras de Simone Weil no sólo indaga en la actividad filosófica de la autora de El amor a Dios y la desdicha (quizás la obra más conocida, aunque no por ello la más representativa de la producción de Weil), sino que también se hace cargo de toda una “tradición oculta” –como indica Fina Birulés en el artículo introductorio– que debe ser tenida en cuenta si no se desea omitir gran parte del desarrollo filosófico del siglo XX. Un periodo repleto de figuras femeninas en muchas ocasiones silenciadas –o, peor incluso, obviadas–, de imprescindible conocimiento para investigar el decurso de la más reciente historia del pensamiento.

La violencia aplasta a los que toca. Termina por parecer exterior al que la maneja y al que la sufre; nace entonces la idea de un destino ante el que los verdugos y las víctimas son igualmente inocentes, vencedores y vencidos hermanados en la misma miseria. El vencido es causa de desdicha para el vencedor, como el vencedor lo es para el vencido.

Y es que, como también apunta la profesora Birulés, “al hilo del trabajo en torno a Simone Weil, se ha ido haciendo patente que la mayoría de las autoras de la primera mitad del siglo XX habían leído la obra de esta filósofa francesa y que, a pesar de haberlo hecho de formas bien distintas, para todas ellas la figura de Weil parece ser fuente de autoridad”. Aunque gran parte de la obra de Weil fue publicada póstumamente y numerosas autoridades de las mencionadas no lograron tener un contacto directo con ella, sí es cierto que en los escritos y biografías de Zambrano, Arendt, Hersch o Iris Murdoch, por mencionar sólo algunos ejemplos, la sombra (a veces alentadora, a veces aleccionadora) de la pensadora francesa permanece muy presente.

Weil

En sus años de docencia activa, Simone Weil siempre incitó a sus alumnas a que intentaran pensar por sí mismas; con tal objetivo les recomendaba escribir sobre asuntos de la más diversa índole. Su filosofía estuvo ligada desde el primer momento a la realidad que le tocó en suerte vivir. Como ella misma escribió: “la auténtica libertad no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción”. Weil, a diferencia de otras autoras contemporáneas (como en el caso de Edith Stein), se manifestó muy temprano en el apartado político. Una filosofía que no practica –y que no lucha por llevar a la realidad– sus convicciones está herida de muerte. Así, explicaba sin pelos en la lengua que:

El poder encierra una especie de fatalidad que se abate tan implacable sobre los que mandan como sobre los que obedecen; más aún, en la medida en que subyuga a los primeros, se sirve de ellos para aplastar a los segundos. […] Para obtener de los esclavos la obediencia y los sacrificios imprescindibles para un combate victorioso, el poder debe hacerse más opresivo.

Su sobresaliente implicación en el esfuerzo por pensar su tiempo le condujo, incluso, a trabajar deliberadamente en una fábrica, y fue de este modo como comenzó a cuestionarse algunos asuntos capitales que siempre mantendrían un denominador común: la dignidad humana y las relaciones de los humanos entre sí. “El factor social es esencial”, aseguraba en una de sus obras, pues “no existe realmente desdicha donde no se produce degradación social en alguna de sus formas o conciencia de esa degradación”.

Tal dedicación a la causa obrera repercutió muy negativamente en su salud, ya naturalmente maltrecha (sufría dolorosas migrañas a causa de su crónica sinusitis). Toda la obra y la vida de Weil fueron un denodado combate por conseguir la ansiada justicia social. En 1942 confesaba a uno de sus interlocutores epistolares que “tenía el alma y el cuerpo hechos pedazos; el contacto con la desventura había matado mi juventud. Hasta entonces no había tenido experiencia de la desventura. […] Recibí para siempre la marca de la esclavitud”. Hubo de exiliarse de Alemania el mismo año que Arendt, en 1940, debido al nazismo, pasando por Marsella, Nueva York, Londres o Casablanca (entre otros muchos destinos). Tras una existencia plagada de desdichas, en la que sólo encontró consuelo en el pensamiento comprometido y la filosofía, muere en 1943 por inanición en un sanatorio de Ashford, después de sufrir una grave tuberculosis y presa de una absoluta lucidez.

Sus contundentes reflexiones sobre el poder, la opresión, el pacifismo, la coacción y las razones de la lucha social, así como su pensamiento más metafísico (tildado en no pocas ocasiones de místico) sobre la relación del ser humano con la divinidad, pertenecen hoy al patrimonio de la filosofía occidental, que aún ha rendido pocos e insuficientes honores a esta mujer de férreo carácter, endeble salud y decidida voluntad que entregó su vida para comprender el mundo que vivió.

No hay dominio de sí mismo sin disciplina, y no hay más fuente de disciplina para el hombre que el esfuerzo requerido por los obstáculos interiores. […] Son los obstáculos con los que tropezamos y que debemos vencer los que nos dan la ocasión de superarnos a nosotros mismos.

EL VUELO DE LA LECHUZA