El amor libre, Eros y anarquía

El anarquismo reivindicó de manera absoluta la libertad y la autonomía. Esta nota tiene que ver con las concepciones anarquistas respecto del matrimonio, la unión libre, la libertad de la mujer y la sexualidad.

Nilda Redondo

El anarquismo no admitía órdenes superiores ni instituciones que significasen opresión; así es como rechazaba al Estado, a la idea de un Dios o ser superior, a los patrones. Todo lo que emanase del Estado era considerado oprimente y represivo: la escuela, el matrimonio, la policía, la justicia, las elecciones, el parlamento.

Su sociedad utópica iría a surgir cuando, catastróficamente, el mundo fuera desmoronado a través, por ejemplo, de una huelga general, y pudiera surgir una nueva sociedad basada en comunidades autogobernadas y asentadas en la solidaridad de los libres. Ellos rechazaban también la idea de nación porque unía lo que estaba enfrentado: patrones y proletarios, jerarcas y oprimidos.

Si bien no desarrollaron el concepto de la lucha de clases como motor de la historia, concepción trabajada intensamente por Marx a partir del Manifiesto Comunista (1848), en los hechos defendieron la solidaridad de las clases sociales oprimidas y explotadas del mundo.

Amor libre, unión libre.

El aspecto que vamos abordar en esta nota tiene que ver con las concepciones anarquistas respecto del matrimonio, la unión libre, la libertad de la mujer, la sexualidad. Me voy a focalizar en textos compilados por Osvaldo Baigorria y publicados en 2006 con el título de El amor libre. Eros y Anarquía

Los y las anarquistas rechazan el matrimonio por tres razones: cuando lo consagra una ceremonia religiosa, porque no creen que exista ser divino superior a la voluntad de los hombres y las mujeres; cuando lo consagra el Estado también, porque el Estado es para ellos opresor, pertenece al poder de la burguesía; además porque en la época del auge del anarquismo, era concebido como de por vida: “hasta que la muerte los separe” y esto no se acomodaba a la naturaleza de los seres según su perspectiva.

En el seno del anarquismo se desarrollaron tendencias feministas que plantearon la libertad de las mujeres de unirse cuando lo desearan y desunirse también cuando el amor hubiera llegado a su fin. Asimismo se trabajó la posibilidad de tener varios amores a la vez, esto tanto para el hombre como para la mujer. Estas tendencias polemizaban con los anarquistas que defendían la unión libre en cuanto a estar libre de ceremonias estatales y/o religiosas, pero luego mantenían en sometimiento a la mujer en el seno de la relación.

El tema de tener varios amores a la vez era motivo de reflexión y de polémica; estaba ligado a la idea de la comunidad y a la decisión de si se tenía hijxs fueran cuidados por esa comunidad. Se trataba de reivindicar la libertad pero no la irresponsabilidad. De todas maneras estas concepciones y prácticas estaban muy racionalizados por el dolor que podía producir en el otro o la otra, como se evidencia en el texto de Giovanni Rossi (1856-1943), Cardias, “La colonia Cecilia”, una experiencia comunitaria llevada adelante entre 1890 y 1894, en Brasil. 

En general, estas reflexiones se centraron en las relaciones heterosexuales. Por lo menos, en los textos seleccionados no aparece la posibilidad de la relación homosexual.

En Argentina.

Es significativo que en el anarquismo se haya dado este debate porque en esa época –dos últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX– en el resto de la sociedad en Argentina por ejemplo, la mujer era considerada un objeto de posesión del hombre: tanto en el mundo indígena, por lo menos en el seno de la cultura mapuche organizada en torno a cacicazgos viriles; entre los pobres del campo: los gauchos; la oligarquía terrateniente, tanto en relación a sus mujeres ‘damas’ como a las demás mujeres que formaban parte de su hacienda.

Podemos afirmar que fue en el seno de la clase obrera, trabajadora y oprimida de las ciudades, donde se desarrollaron las primeras prácticas y reflexiones libertarias en relación al amor y la sexualidad. Las reflexiones provenían, inicialmente, de intelectuales revolucionarios europeos afines al anarquismo o al socialismo y tuvieron carnadura sociopolítica muy extendida en Argentina, Uruguay, México, Brasil y Estados Unidos de Norteamérica. 

Los pensadores anarquistas europeos más reconocidos fueron Mijail Bakunin, Enrrico Malatesta, Piotr Kropotkin, Pier Josep Proudhom, entre otros.

Tres autoras anarquistas.

Los textos en los que centraré ahora, los de tres autoras, son similares y a la vez diversos y eso muestra un pensamiento y una praxis vital en movimiento.

Pepita Guerra, en “No os caséis”, no espera el máximo de libertad para el presente y ese máximo de libertad es el amor libre, entonces opta por mantenerse sola, y advierte de manera elusiva, que si quedara embarazada no abortaría para guardar las apariencias de honestidad, como lo harían las ricas. Es un texto publicado en La Voz de la Mujer en 1896.

María Lacerda de Moura (1877-1945), una feminista anarquista brasileña, en “Feminófobos y feminófilos”, critica la postura de un sector de anarquistas, incluso del propio Kropotkin, respecto de su conservadurismo en relación a la unión monógama y la familia. Dice: “son libertarios que tienen las ideas de mi abuela” (2006: 55). Reivindica la posibilidad de “darse libremente a varios hombres a causa de predilecciones sentimentales, de afinidades electivas o por otro motivo cualquiera”. Sostiene que esto no es una “afección venal” porque “lo que es afección no puede ser venal” (55). Concluye su texto señalando que la incorporación femenina a las luchas no será efectiva mientras exista “el monopolio del amor” (58).

La carta de América Scarfó, compañera de Severino Di Giovanni, es muy importante porque ella afirma que la libertad respecto del amor debe ejercerse en el presente, antes de lograr la sociedad futura. Un pensamiento revolucionario y libre porque subvierte las prácticas vitales e institucionales en el mismo momento en que resuelve elegir según sus principios y sus deseos. Es una carta escrita cuando ella tenía 16 años, el 3 de diciembre de 1928, al camarada E. Armad. (1862-1963), anarquista individualista y activo intelectual por el amor libre. En ella pide consejos debido a las críticas que recibe, incluso de otrxs anarquistas, por su relación con Severino; Armand le contesta: “Nadie tiene el derecho de poder juzgar vuestra forma de conducirte, aun en el caso que la esposa de tu amigo fuera hostil a esas relaciones. Toda mujer unida a un anarquista (o viceversa) sabe muy bien que no deberá ejercer sobre él o sufrir de parte de él una dominación de cualquier orden” (2006: 99).

Armand, en “El amor entre anarcos sindicalistas” había dicho a los celosos convencidos de que los celos son una función del amor, que “el amor puede también consistir en querer, por encima de todo, la dicha de quien se ama, en querer hallar alegría en la realización al máximo de la personalidad del objeto amado” (2006: 70).

FUENTE: LA ARENA

Las Sinsombrero

RTVE

Las mujeres españolas ‘Imprescindibles’ de la Generación del 27.: María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, Concha Méndez, Josefina de la Torre, María Zambrano, Maruja Mallo, Marga Gil Roësset. Mujeres de gran talento, que compartieron entre ellas amistad, reflexiones y vivencias y que influyeron de forma decisiva en el arte y pensamiento español y, en algunos casos, debido a su producción en el exilio, en los estilos y géneros de artistas internacionales. La Guerra Civil supuso el fin de esa Generación del 27, pero en el caso de ellas supuso también su condena al olvido. Sin ellas la Historia no está completa, son ‘Imprescindibles’. En: http://www.rtve.es/television/impresc… También un documental interactivo del Lab RTVE en: http://www.rtve.es/lab/webdocs/

El Principito: obedecer al misterio

Carlos Javier González Serrano 

El Principito

Mucho se ha discutido sobre el tipo de lector al que se dirige una de las obras más conocidas de la literatura universal, El Principito, publicada originariamente en 1943 y traducida a más de doscientas lenguas. Si abrimos sus páginas y echamos un vistazo a las primeras líneas, observamos cómo su autor, Antoine de Saint-Exupéry, comienza el libro de una forma un tanto peculiar: en lo que parece ser una dedicatoria, pide perdón a todos los niños por consagrar esta historia a “una persona grande”. Y concluye: “Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan)”. Al margen de zanjar el debate sobre cuál era público al que Saint-Exupéry deseaba interpelar, lo cierto es que El Principito ofrece una vasta pluralidad de niveles de análisis, entre los que se encuentra el filosófico.

En este librito que ha cautivado por igual a niños y mayores, su protagonista nos da una lección de vida sin que en ningún momento debamos atenernos a imperativo alguno: serán la inocencia (que tantas cosas tiene que preguntar, pues “cuando el misterio es demasiado impresionante no es posible desobedecer”) y, más importante, la actitud del inmortal personaje (“sólo los niños saben lo que buscan”), lo que transmite al lector un canon de conducta. Convencen las obras, no las palabras. Y es que “los ojos están ciegos. Es necesario buscar en el corazón”.

El Principito arranca con la alusión a un misterioso yo en un momento determinado de un remoto pasado. Desde las primeras líneas Saint-Exupéry pone así énfasis en la temporalidad de nuestra existencia (tempus fugit). El narrador nos cuenta que cuando tenía seis años (Lorsque j’avais six ans) “vio”, una vez (j’ai vu, une fois), una lámina que llamó mucho su atención. El narrador “vio” pues algo fijo, permanente, que no se mueve (no como ocurre, por ejemplo, con el tiempo, que nunca deja de correr); aquella lámina “representaba” (représentait) una boa que engullía a una fiera. Y entonces se nos dice que este mismo narrador, tras reflexionar “mucho” sobre “las aventuras de la selva”, decidió hacerse pintor… aunque más tarde abandonará la idea porque “las personas grandes” le aconsejan dejar a un lado sus “dibujos” (les dessins) para centrarse en geometría, cálculo, historia o gramática.

De esta manera tan funestamente fantástica se relaciona el personaje por primera vez con los adultos: a través de una obligación, de un mandato que, además, arremete contra su primigenia vocación. Es así que, finalmente, el narrador se decanta por los aviones y se convierte en piloto (oficio que ejerció el propio Saint-Exupéry), lo que por contrapartida le permite conocer, como él mismo nos cuenta, a “muchísima gente seria” (gens sérieux) y vivir con “personas grandes” (a las que ha visto “muy de cerca”, sin mejorar “excesivamente” su opinión sobre ellas).

El quinto planeta era muy extraño. Era el más pequeño de todos. Había apenas lugar para alojar un farol y un farolero. El principito no lograba explicarse para qué podían servir, en medio del cielo, en un planeta sin casa ni población, un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:

—[…] Por lo menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy hermosa. Es verdaderamente útil porque es hermosa.

Le petit prince

Pero de repente todo cambia cuando, tras sufrir un accidente, el forzado piloto se encuentra en el desierto rodeado por la más absoluta nada. Después de descansar un poco, despierta al oír una “extraña vocecita”. Comienza así propiamente el relato de El Principito, en el que su protagonista conversa con diversas y multiformes personalidades que representan, cada una por su lado, una faceta única del ser humano adulto. El propio narrador de la historia confiesa que necesitó “mucho tiempo para comprender de dónde venía. El principito, que me acosaba a preguntas, nunca parecía oír las mías”. Como un siempre inconformista Sócrates, ninguna respuesta parece saciar la curiosidad del principito: “Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco…”.

Sin duda, una de las luchas conceptuales que tiene lugar con más fuerza en el libro es la de la belleza frente a la burda realidad. Pero nuestros protagonistas, como aseguran, “comprenden la vida” y, por eso, pueden “burlarse de los números”. Lo cierto es que los adultos no entienden nada si no se les habla mediante cifras; y es que las aman profunda y desesperadamente: “Si decís a las personas grandes ‘He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo…’, no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: ‘He visto una casa de cien mil francos’. Entonces exclaman: ‘¡Qué hermosa es!’”. Y es que una acción es “verdaderamente útil porque es hermosa”, porque encierra un sentido que no pueden comprender los reyes, los hombres de negocios o los científicos.

Baltasar Gracián escribía en la “Crisi Segunda” de El Criticón: “Fáltanos la admiración comúnmente a nosotros porque falta la novedad, y con ésta la advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del ánimo cerrados y cuando los abrimos al conocimiento, ya la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no dexa lugar a la admiración”. Gracián reclamará al final de ese mismo párrafo una “renovación del gusto”, es decir, un volver a contemplar el mundo “con novedad en el advertir”, derribando los muros franqueados por aquella costumbre tan bien enquistada. El mismo imperativo que el pequeño principito nos induce a escuchar, aquel “no te dejes domesticar”.

Un librito de apenas cien páginas en el que quedan expuestos los estrechos límites que separan literatura y filosofía. Saint-Exupéry nos adentra, a través de la añoranza de la infancia, en escabrosos asuntos como el paso del tiempo, la relación entre niños y adultos (y de su mano, la pedagogía), la unicidad y el valor de cada experiencia, el egoísmo y la egolatría, y, por último, aquello que solo puede captarse con un sentido muy especial: “He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.

FUENTE: EL VUELO DE LA LECHUZA

EL EXPRESIONISMO DE EL PUENTE Y EL JINETE AZUL

Desde esos vivos ojos que son los de Hipatia hoy nos adentramos en el expresionismo de la mano de estos dos grupos El Puente (Die Brücke) y El Jinete Azul (Der Blaue Reiter). En primer lugar buscamos los antecedentes inmediatos del expresionismo. En 1886 los impresionistas celebran su última exposición, Cézanne sin tener idea de ello pone los fundamentos del cubismo. Munch al igual que otros artistas realiza la parte más interesante de su obra en torno al cambio de siglo.

La característica principal de la pintura expresionista fue la deformación de la realidad bajo la óptica de los sentimientos. No prima el imitar el modelo de la naturaleza o el del objeto real. Lo importante es  la visión subjetiva del artista. Los nuevos principios del arte son, conceptos como la deformación de la realidad, la expresividad del color y la abstracción de las formas.

El grupo El Puente en un principio está formado por un grupo de estudiantes, en su mayoría de arquitectura, con ideas comunes. Se pueden diferenciar dos periodos en relación al lugar donde desarrollaron su actividad artística. El primer periodo, el de su creación, se desarrolla en Dresde en 1905. El segundo se desarrolla en Berlín entre los años 1910-1911 aquí se inicia la decadencia y posterior separación del grupo. Aunque esto no supuso que sus integrantes dejaran de trabajar en la línea del expresionismo. En el grupo participaron artistas como Ernst Ludwig Kirchner al que se considera teórico del mismo, Bleye, Heckel, Schmidt-Rottluff, Nolde, Pechstein, Otto Müller, también se unió al grupo el fauvista Van Dongen.

El grupo El Puente reformuló los temas impresionistas. Lo que más destacó en sus obras fue la agresividad del color y la intranquilidad de las formas que utilizaron. Para ellos era primordial para sobrevivir establecer unos circuitos al margen de los comerciales ya establecidos. Para ello hicieron suscripciones a grabados. El círculo en el que se movían no era muy amplio, sino más bien minoritario, sus exposiciones fueron las que les dieron más popularidad ya que algunas produjeron cierto escándalo. El expresionismo para ellos era una verdadera filosofía de vida. Los artistas preconizan la libertad e independencia, que se refleja no sólo en el estilo poco ortodoxo, sino en los temas y motivos desenfadados y poco convencionales.

Cuando desarrollan su actividad en Berlín su compromiso social es mayor con el entorno que les rodea. En sus obras hay al mismo tiempo fascinación y rechazo de la vida urbana. Vuelve a aparecer un vivo interés por el arte primitivo. La relación con la literatura es mayor se aprecia en los contenidos de sus obras, así como los contactos con otras tendencias estilísticas cubismo, futurismo u orfismo.

Ahora pasamos al grupo El Jinete Azul, que parece que fue una alternativa a la salida de la Nueva Asociación de Artistas con ámbito en Múnich, de Wassily Kandinsky  y Franz Marc en 1911. En 1912 publican el primer almanaque de El Jinete Azul. Parece que su aparición fue una evolución lógica del grupo El Puente. En sus comienzos estos dos artistas están preocupados por el color, pero lo que de verdad aportan es una fuerte carga teórica.  Utilizaron las teorías  musicales para lograr composiciones de armonioso colorido y formas totalmente abstractas. Eran un grupo de artistas que compartían las mismas preocupaciones artísticas. Para ellos el artista debía mantenerse alejado de la vida oficial.

En 1912 Kandinsky pública De lo espiritual en el arte, para él la obra de arte nace del artista, mediante una creación misteriosa, enigmática y mística. Luego se aparta de él y adquiere una vida autónoma, siguiendo el siguiente proceso: interviene la personalidad del artista, el artista expresa lo que le es propio de su época y  lo que le es propio del arte, más la contemplación del color que produce dos efectos, uno físico y otro de carácter psicológico.

Entre otros formaron parte del grupo August, Macke, Gabriele Münter, Alexei von Jawlensky, Marianne von Werefkin, Paul Klee. Siguieron con el interés por el arte primitivo, por el medieval, y por el fauvismo y el cubismo. En 1914 comienza la Primera Guerra Mundial propiciando la disolución de El Jinete Azul.

Por Isabel Genovés Estrada

FUENTE: LOS OJOS DE HIPATIA

Comunicado del Ateneo Libertario Carabanchel Latina en solidaridad con la Fundación Anselmo Lorenzo

Ante el ataque a la Fundación Anselmo Lorenzo

El fin de semana del 12 y 13 de junio ha sido atacada, sin demasiados daños, la sede de la Fundación Anselmo Lorenzo en Madrid. Han pintado e intentado romper los cristales, abrir el cierre de la puerta y entrar en el interior del local. Esta deleznable agresión de corte fascista, a un centro de la Cultura libertaria, lo es a su vez para todas las organizaciones, colectivos, grupos y proyectos que operan en el espectro libertario.

Hoy como ayer, en un crecimiento exponencial de la extrema derecha, debemos estar preparados para dar la respuesta colectiva adecuada a su forma de entender el mundo y las relaciones de dominación.

El Ateneo Libertario Carabanchel Latina se solidariza fraternalmente con la FAL, y apoya cualquier iniciativa dirigida a denunciar, condenar y defender no solo nuestros espacios, tan costosamente construidos, sino cualquier otro que pueda ser invadido o violentado por la irracionalidad, el oscurantismo y la violencia de la peste parda.

No podemos permanecer impasibles ante este tipo de actos que de tan repetidos comienzan a ser cotidianos.

Conocemos bien, históricamente, lo que nos jugamos si fracasamos. Nuestras herramientas de combate son nuestras ideas de justicia social, de progreso y de libertad, la organización desde abajo, el apoyo mutuo y la acción directa.

Aprovechemos este desgraciado suceso para mejorar nuestra coordinación con los colectivos afines y constituir un movimiento libertario, en todos los ámbitos, fuerte y determinado a transformar la sociedad.

¡Ninguna agresión fascista sin respuesta!

¡Organízate y lucha!

El bajón de Bakunin

Eduardo Pérez / El Salto

“La revolución se ha metido, de momento, en cama”. En febrero de 1875 Mijaíl Bakunin, el impenitente revolucionario ruso, estaba de bajón. Así se lo hacía saber en una carta a su compañero francés Élisée Reclus, igualmente exiliado en Suiza.

 “La evolución que se está produciendo hoy día es muy peligrosa, si no para la humanidad entera, sí al menos para algunas naciones”, señalaba en la misiva, en la que el famoso anarquista realizaba un breve esbozo de la situación en el mundo occidental: el Imperio alemán gestionado por Bismarck, “a la cabeza de un gran pueblo lacayo”, la Iglesia católica con “los ojos y las manos por todas partes” y, en Francia, los verdugos de la Comuna de París, “dedicándose a remachar las cadenas de un gran pueblo caído”, sin que viera Bakunin motivos para el optimismo en el resto del planeta.

El ruso había nacido en una familia acomodada pero renunció a todo para avivar las llamas de la revuelta que había recorrido Europa desde 1830 a 1870. Con escasos medios económicos, encerrado y deportado por diversos gobiernos, Bakunin estuvo presente desde el alzamiento de Dresde de 1848 hasta el de Bolonia de 1874. Había sido un fantasma que circulaba por la Europa continental para pesadilla de los gobernantes y que, cuando no podía situarse en el epicentro de la agitación, influía en la militancia antiautoritaria del país que tocara.

Sin embargo, ya con 60 años, el gran revolucionario se sentía “demasiado viejo, demasiado enfermo, demasiado cansado, y, hay que decirlo, demasiado decepcionado”. Bakunin admitía su derrota: “El mal ha triunfado y no puedo impedirlo”.

Para él, el problema no venía solo “de los espantosos desastres de los que hemos sido testigos y de las terribles derrotas de las que hemos sido víctimas más o menos culpables”, en referencia a las recientes derrotas obreras y represiones consiguientes, “sino porque, para mi gran desesperación, he constatado, y constato cada día otra vez, que el pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios no se encuentran en las masas, y cuando esto ocurre, por mucho que se combata por los flancos, no se hará nada de nada”.

Bakunin seguía teniendo claro cuál era la solución, pero el desengaño con las masas le hacía dudar de las posibilidades. Como explicaba a Reclus: “Es evidente que no podrá salir de esta cloaca sin una inmensa revolución social. Pero, ¿cómo hará esta revolución? Nunca estuvo la reacción europea tan bien armada contra todo movimiento popular. Ha hecho de la represión una nueva ciencia que es sistemáticamente enseñada en las escuelas militares a los tenientes de todos los países. Y, ¿con qué contamos para atacar a esa fortaleza inexpugnable? Las masas desorganizadas. Pero, cómo organizarlas si no tienen siquiera suficiente apasionamiento por su propia salvación, si no saben ni lo que deben querer y si no quieren lo único que puede salvarlas”.

Visto en retrospectiva, se puede decir que el legendario revolucionario tenía razón. El orden impuesto se mantendría sin problemas durante varias décadas. Bakunin, en su desilusión, dejaba un espacio para la esperanza. “La paciencia y la perseverancia heroicas” de las organizaciones que mantenían el tipo pese a las derrotas permitirían que el socialismo fructificase de nuevo a principios del siglo XX: “Su trabajo no se perderá —nada se pierde en este mundo—: las gotas de agua, aun siendo invisibles, logran formar el océano”. Lamentablemente, Bakunin no solo contemplaba esa opción: “Estos inmensos Estados militares tienen que destruirse unos a otros, y devorarse unos a otros tarde o temprano”. “La guerra universal” que preveía el viejo agitador llegaría menos de medio siglo después.

“Feas, incendiarias y marisabidillas”: las comuneras que aterrorizaron a la burguesía

La Comuna de París supuso un hito de la lucha feminista. Su presencia a pie de barricada despertó una brutal represión por parte del poder de la época, que veían en su libertad y autonomía un peligro a tener en cuenta.

Mujeres de la Comuna de París
Fotomontaje que muestra la prisión de Chantiers en Versalles con prisioneras de la Comuna de París.  Ernest Charles / MUSÉE CARNAVALET – HISTOIRE DE PARIS

JUAN LOSA@JOTALOSA

El conflicto nunca cesa. Nos acompaña desde el origen del origen y cabe pensar −no es descartable− que sea inherente al ser humano. Mal que le pese a los devotos de la concordia con sus margaritas y sus soporíferos cumbayás, la historia de la civilización es, también, la historia de esa tensión por transformar el mundo y cambiar la vida.

“¡Nos creímos tan fuertes que quisimos ser mansos!”, anotaba Rimbaud a pie de barricada en plena euforia comunera. No es para menos, la revolución hermana al personal convirtiendo vidas de prestado en trozos diminutos de Historia con mayúscula. Es la hora de los parias, es el momento de la turba, la llamada de los que se quedaron sin nada y echaron mano de la dignidad.

Se cumplen 150 años de la Comuna de París, se cumple siglo y medio de aquella epifanía insurreccional cuyos ecos todavía hoy reverberan. Una música, no me negarán, que suena tristemente bella y que entonaron durante 60 días y sesenta noches hombres y mujeres, de igual a igual. Aquel hito de las clases populares, que fue también feminista, removió la división del trabajo a pie de barricada.

Fueron obreras, costureras, panaderas, cocineras, floristas, niñeras, limpiadoras y cantineras, pero también defendieron la comuna fusil en mano, también protegieron sus arsenales, se organizaron y tomaron la palabra en todos los debates. “¡Ciudadanas, todas resueltas, todas unidas, a las puertas de París, en las barricadas, en los barrios, en todas partes!”, clamaba Élisabeth Dmitrieff, líder de la Unión de Mujeres.

Y así fue. En todas partes. No sólo en la retaguardia. La profesora Dolors Marín, doctora en Historia Contemporánea y experta en movimientos sociales y memoria histórica, evoca aquellos días como una mezcla del fragor del momento y de una intensa tradición de lucha que se remonta a la Revolución francesa. “Pasó algo muy parecido a lo que se vivió el 19 de julio del 36 en nuestro país, el pueblo salió a la calle para armarse, pedían armas para defender lo que les pertenecía, las milicianas corrían al frente y a las barricadas junto a sus maridos, compañeros y hermanos, ni más ni menos”, explica Marín.

Mujeres de la Comuna
Mujeres arrestadas durane la Comuna.  Grabador anónimo / MUSÉE CARNAVALET, HISTOIRE DE PARIS

Un compromiso con su tiempo que está fuera de toda duda. El periodista comunero Prosper-Olivier Lissagaray, cuya seminal obra Historia de la Comuna de París de 1871 −que acaba de reeditar Capitán Swing− refería así el ímpetu de sus compañeras de lucha: “Las que se han quedado son mujeres fuertes, entregadas y trágicas, que saben morir igual que aman, con ese espíritu puro y generoso que recorre, lleno de vida, las profundidades populares desde 1789. Estas compañeras de trabajo también quieren asociarse a la hora de la muerte”.

No hay duda; venían preparadas de casa. Muchas de ellas ya participaron en las revoluciones de los años 20 y en la del 48. Un currículum revolucionario y un grado de politización para nada desdeñable. “Son las herederas naturales de Olympe de Gouges, que redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791, pero también de Fourier y Saint-Simon, prebostes del socialismo utópico francés”. 

La maestra anarquista Louise Michel, que dejó por escrito lo vivido aquellos meses en La Comuna de París (La Malatesta Editorial), cifró en unas 10.000 las mujeres que participaron de primera mano en las actividades de La Comuna. Un trasiego revolucionario que aprovecharon para reivindicar, curiosamente, lo mismo que ahora. “Su lucha −prosigue Marín− no difiere mucho de la actual, sus bastiones eran el derecho a la enseñanza, una enseñanza que fuera laica y racionalista, y la igualdad salarial”. 

Las petroleras

Mujeres de la Comuna
Las petroleras, chivo expiatorio de la prensa de la época.

La prensa burguesa cargó las tintas. Los editores aderezaron sus prejuicios de clase con una buena ración de patriarcado y el resultado fue una campaña sin precedentes contra aquellas mujeres libres. “Les molestaban, querían colocar a la mujer de nuevo en su sitio, empezaron a inventar que llevaban moños incendiarios y que escondían material explosivo bajo sus faldas, las tildaban de feas y marisabidillas por el simple hecho de que sabían leer, algo así no se podía permitir”, explica la profesora Marín.

Pero más allá de la caricatura versallesca, las petroleras o incendiarias existieron. Vaya si lo hicieron. Dado que el siempre socorrido cóctel molotov estaba aún por inventar, se servían del petróleo para proceder a lo que viene siendo el caloret faller. Decenas de mujeres convirtieron en auténticas piras los formidables palacetes burgueses que salpicaban la ciudad. 

Conforme el sueño revolucionario fue decayendo a causa de las acometidas del poder político y sus esbirros, llegó el momento de la represión. Una represión que fue brutal y que se cebó, con especial saña, con la mujer. “Las burguesas les hundían los ojos con la punta de las sombrillas, mataban a sus hijos delante de ellas, las deportaban a Nueva Caledonia, sus vidas no valían nada”, lamenta Marín.

El fin de La Comuna tras dos meses de resistencia y autogestión inaugura una tradición de derrotas que llega hasta nuestros días. Aquel 28 de mayo, mientras las fuerzas versallescas sometían a los últimos insurrectos y comenzaban a barruntar ya la salvaje represión que vendría, aquel día se tensaba para siempre el extremo de una fértil cultura de clase que se forjó a sí misma a base de hambre y alienación. Ecos de una melodía tristemente bella que no puede dejar de sonar. 

Mujeres de La Comuna
Mujeres de la Comuna ante el Consejo de Guerra de Versalles, 2 de septiembre de 1871.  Ernest Charles / MUSÉE CARNAVELET – HISTOIRE DE PARIS

FUENTE: PÚBLICO

Una guía anímica para saber vivir: “El camino de la vida” de Tolstói

Carlos Javier González Serrano 

Aunque es uno de los clásicos imprescindibles e irrenunciables de la historia de la literatura, la figura de Lev Tolstói ha vuelto a ponerse en primera línea de batalla en las últimas dos décadas. La vigencia de sus textos es máxima, incluso acuciante. Sin duda, debido en gran parte al empeño y buen hacer de Selma Ancira, prolífica e impecable traductora del autor ruso. A finales de 2019 se publicó en Acantilado el documento que, seguramente, constituye el más completo legado filosófico y vital de Tolstói: El camino de la vida, último trabajo de auténtica envergadura que llevó a cabo este gigante de las letras. Como apunta Ancira en la introducción del precioso volumen, “lo que propició el inicio de este trabajo fue, curiosamente, lo mismo que impulsó a Tolstói a comenzar su diario cuando tenía sólo 18 años: la enfermedad“.

El error de creer que algunas personas pueden, recurriendo a la violencia, organizar la vida de sus semejantes, no proviene de que alguien haya inventado este embuste, sino de que la gente, entregándose a sus pasiones, comenzó a ejercer violencia sobre sus semejantes y luego buscó una justificación a su violencia.

Aquella condición de expatriado de su propio cuerpo que, sumada a la dura experiencia de la guerra de Crimea, le empujó a buscar permanentemente el sentido de la existencia. Sobre todo, el sentido del mal y el sufrimiento. Esta búsqueda le condujo, al final de su vida, a renunciar a todos sus bienes (incluidos sus derechos de autor) y a acogerse a un modo de vida que tuviera como estandartes la sencillez, la naturalidad, la resignación y la pureza. El propio autor explica en el “Prolegómeno” de El camino de la vida su intención al escribirlo:

Para que el hombre pueda llevar una vida de bien, es necesario que sepa lo que debe y lo que no debe hacer. Para saberlo, debe entender qué es él mismo y qué el mundo en el que vive. Eso es lo que a lo largo de todos los tiempos han enseñado los hombres más sabios y más buenos de todos los pueblos. Todas las enseñanzas de estos sabios coinciden en lo principal entre sí, y coinciden también en lo que a cada ser humano le dicen su razón y su conciencia.

EL camino de la vida

Pero fue Tolstói, a pesar de las adversidades, un hombre del todo vigoroso que sintió las circunstancias de su tiempo muy intensamente y que le condujeron a escribir algunas de las páginas más hondas de la literatura. A pesar de su constante e innata tendencia a permanecer en soledad, siempre amó a sus semejantes tanto como a los animales, algo que queda claro en su estricto régimen vegetariano, y aseguraba que el único fin de la vida es la vida misma. Hablaba con tanta ternura y cercanía de la caída de un árbol como de la muerte de un individuo, y la naturaleza en toda su amplitud fue el gran tema, junto a los sentimientos, de todas sus obras.

Cuando reflexiono, me es más difícil entender qué es mi cuerpo a qué es mi alma. Por más cercano que sea el cuerpo, no deja de ser ajeno, sólo el alma es propia.

En El camino de la vida abandona la senda narrativa y su peculiar “realismo psicológico” para tomar parte por la reflexión en primera persona, recopilando, a su vez, citas (en muchas ocasiones empleadas de memoria) de una enorme pléyade de pensadores y personalidades, tanto contemporáneas como del pasado: su admiradísimo Schopenhauer, Kant, Angelus Silesius, Thoreau, Séneca, Sócrates, Lichtenberg, Emerson, Marco Aurelio, Epicteto e incluso el propio Dostoievski. Una lista que da cuenta de la enorme erudición que Tolstói atesoraba, pero que no quiso dejar en pura erudición, sino emplearla para saber vivir, para vivir bien. No otro es el objetivo de El camino de la vida. En mayo de 1851 reconocía de esta cruda forma la necesidad del autoconocimiento para poder mejorarse a uno mismo y, después, intentar colaborar en la mejora de los demás:

Conocemos las debilidades humanas a través de las propias y, para mostrarlas correctamente, hay que mostrar las de uno mismo, porque una cierta debilidad no le va sino a una cierta personalidad. Pocos tienen la fuerza necesaria para hacer esto. Tratan de desfigurar todo lo posible la personalidad a la que transfieren las debilidades propias para no reconocerse a sí mismos.

Tolstói

Sin excepción, todas las obras del ruso contienen un mensaje moral. Más, si cabe, El camino de la vida. Pero, aunque sí tenaz y porfiado, nunca se muestra intolerante; Tolstói siempre deja en manos del lector poder tomar esa iniciativa, poder iniciarse por cuenta propia en las sendas del autoconocimiento que inaugura, a la vez, la vía para hacer más habitable el mundo. Tolstói no fue un dogmático; fe de ello dan las entrevistas a las que se vio sometido en su periodo de mayor fama, y en las que discutía sin tapujos la validez de sus ideas sin despreciar nunca las ajenas, siendo consciente, como en efecto era, de la pluralidad de los sentimientos humanos que, a su vez, tienen su origen en diferentes (y a veces muy onerosas) circunstancias.

Decir que los hombres no son iguales equivale a decir que el fuego de una chimenea, el de un incendio o el de una vela no es el mismo fuego. […] Un fuego están en plena incandescencia y otro apenas ha comenzado a arder, pero el fuego es el mismo, y con todos los fuegos debemos tener una actitud semejante.

El camino de la vida es un libro titánico, enciclopédico, inagotable; la obra que, en fin, eleva a Tolstói a la categoría de pensador universal. La belleza física del volumen es, además, incomparable. En él se dan cita temas como el amor, el castigo, la vanidad, el no-hacer, la lujuria, el uso de la palabra, la holgazanería, la muerte, el alma, el mal o la abnegación, entre otros muchos. Asuntos todos ellos que obsesionaron al autor desde su más temprana juventud. Uno de los libros más importantes publicados en español en lo que llevamos de siglo, excelentemente traducido por Selma Ancira, a quien debemos la relevancia que Tolstói ha recuperado en nuestros días.

Un alma inmortal tiene necesidad de una tarea tan inmortal como ella. Y esa tarea, el perfeccionamiento interminable de uno mismo y del mundo, es la que le es dada.

FUENTE: EL VUELO DE LA LECHUZA